#LaVida: España entre China y Occidente, por Manoly Roldán
El acercamiento a Pekín refleja el intento del Gobierno de equilibrar sus alianzas en un mundo fragmentado, marcado por la creciente dependencia económica, los riesgos estratégicos y la cautela europea.
La ideología de China, articulada por el Partido Comunista de China (PCCh), no puede entenderse únicamente en términos doctrinales, sino como una herramienta de poder en el tablero internacional. Bajo el concepto de “socialismo con características chinas”, Pekín combina un control político absoluto con una economía selectivamente abierta. Esto le permite competir dentro del sistema global sin asumir sus reglas políticas. Más que exportar una ideología clásica, China busca consolidar un orden internacional más favorable a sus intereses, donde la soberanía estatal prevalezca sobre los estándares democráticos occidentales y la interdependencia económica actúe como mecanismo de influencia.
En este contexto, China ha pasado de ser una potencia emergente a un actor central que disputa la primacía global a Estados Unidos. No lo hace mediante confrontación directa, sino a través de una estrategia sostenida de expansión económica, tecnológica y diplomática. La Nueva Ruta de la Seda, su presencia creciente en África, Asia, Europa, Hispanoamérica y Oriente Medio, y su capacidad de penetración en mercados internacionales responden a una lógica clara: reconfigurar el equilibrio global hacia un sistema multipolar en el que Occidente deje de ser el único referente.
La expansión internacional de China no sigue una lógica militar clásica. Se apoya en una estrategia silenciosa de penetración económica y tecnológica que le permite ganar influencia sin necesidad de confrontación directa.
En este escenario, España ha reforzado su relación con China. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha realizado cuatro viajes oficiales desde 2023-2026. En el último, entre el 11 y el 17 de este mes, se reúne con el presidente Xi Jinping, el primer ministro Li Qiang y otros altos responsables, en una agenda que combina proyección política y refuerzo de los intereses económicos.
Sin embargo, los datos invitan a la prudencia. El comercio bilateral revela una asimetría persistente. En 2023, España exportaba aproximadamente 8.870 millones de euros a China e importaba en torno a 45.000 millones; en 2024, 7.690 frente a 46.600 millones; en 2025, 7.972 frente a 50.250 millones; y en 2026 se estiman cifras cercanas a 8.000 frente a más de 50.000 millones.
Las exportaciones españolas permanecen estancadas, mientras que las importaciones han crecido de forma significativa. El resultado es un déficit estructural cercano a los 40.000 millones de euros anuales. España vende principalmente productos agroalimentarios y materias primas, mientras compra bienes industriales y tecnológicos. La relación no solo es desigual: apunta hacia una creciente dependencia.
Cabe preguntarse si este acercamiento responde a una estrategia plenamente definida o si obedece más a una necesidad de posicionamiento en un escenario internacional incierto.
Esta estrategia puede ser comprensible desde el punto de vista geopolítico, pero resulta cuestionable si no va acompañada de mecanismos claros que limiten la dependencia económica y tecnológica.
Y ahí reside el verdadero riesgo. A medio y largo plazo, el problema no es únicamente el déficit comercial, sino la dependencia tecnológica e industrial. Sectores como las baterías, las telecomunicaciones o las energías renovables están cada vez más ligados a cadenas de valor dominadas por China, lo que limita la capacidad de decisión en ámbitos estratégicos.
Si esta tendencia no se corrige, España podría ver condicionadas decisiones clave en sectores estratégicos por factores externos a su propio control.
Europa comercia con China, pero al mismo tiempo teme depender de ella. Este dilema se refleja en el debate sobre la autonomía estratégica de la Unión Europea, que busca reducir vulnerabilidades sin renunciar a los beneficios del intercambio económico.
Este equilibrio no siempre es sostenible: cuanto mayor es la dependencia económica, menor es la capacidad real de decisión.
En este contexto, los viajes de Pedro Sánchez no parecen orientados a corregir el desequilibrio comercial a corto plazo, sino a posicionar a España en el tablero geopolítico. Se trata de ganar relevancia en un escenario internacional cada vez más fragmentado, manteniendo el vínculo con Estados Unidos mientras se refuerzan las relaciones con China. No obstante, este equilibrio se desarrolla en un contexto marcado por ciertas tensiones en la relación transatlántica, vinculadas a diferencias en política internacional, incluidos posicionamientos respecto a conflictos como el de Irán, y al debate sobre el papel de España en la OTAN.
La cuestión, por tanto, no es solo si España gana presencia internacional, sino a qué coste lo hace.
La relación bilateral, además, no es solo asimétrica en lo económico, sino también en lo regulatorio. Mientras las empresas chinas acceden con relativa facilidad al mercado europeo, las empresas españolas encuentran mayores barreras en China. La reciprocidad sigue siendo limitada.
El recelo europeo tiene una base estructural. Las empresas chinas operan en un sistema en el que el Estado puede mantener capacidad legal de acceso a la información en determinadas circunstancias, lo que ha alimentado la preocupación sobre la seguridad de los datos y la influencia política.
En teoría, los viajes oficiales del presidente del Gobierno son organizados por las instituciones españolas. Sin embargo, en el debate público se ha señalado la posible influencia del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, vinculado al GATE Center, un think tank con presencia en Madrid y China y participación de perfiles chinos en su estructura. Aunque no existe un papel oficial acreditado, su red de contactos refuerza la percepción de canales informales en la relación bilateral.
Aun así, no puede hablarse de un cambio de eje. España no está abandonando su relación con Estados Unidos ni con la OTAN. Lo que se observa es una estrategia de equilibrio en un entorno global más complejo.
A ello se suman tensiones diplomáticas con Israel, lo que añade un elemento adicional a la política exterior española.
Estas fricciones reflejan la dificultad de sostener una posición equilibrada en un escenario internacional cada vez más polarizado, donde cada decisión tiene implicaciones diplomáticas más amplias.
La presencia de empresas chinas en España se concentra en sectores estratégicos, pero se limita a inversiones y actividad empresarial. No implica control político. Sin embargo, el papel de proveedores tecnológicos como Huawei ha intensificado el debate sobre seguridad, especialmente en el contexto de las restricciones estadounidenses y la creciente cautela europea.
Tras su visita a China, el siguiente movimiento será la cumbre de Barcelona, enmarcada en la Internacional Socialista y denominada Global Progressive Mobilisation, que se celebrará los días 17 y 18 de este mes.
Allí participarán líderes como Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Gustavo Petro (Colombia) o Claudia Sheinbaum (México), junto a miembros del Gobierno español, dirigentes socialistas de otros países europeos y, previsiblemente, representantes del denominado entorno BRICS.
El encuentro, más político que económico, se centrará en cuestiones como el nuevo orden internacional, la transición hacia un mundo multipolar, la cooperación entre gobiernos progresistas, la lucha contra la desigualdad y la agenda climática, aunque su capacidad para traducir estos planteamientos en resultados concretos sigue siendo una incógnita.
En la práctica, la cumbre se perfila más como un espacio de coordinación política y proyección internacional que como un foro con impacto inmediato en términos económicos o estratégicos, reforzando el papel de España como puente entre Europa y el Sur Global.
En este contexto, Pedro Sánchez actúa como algo más que anfitrión. Se posiciona como impulsor político y actor geopolítico, tratando de situar a España en el centro de un nuevo equilibrio internacional.
En un mundo que avanza hacia la fragmentación en bloques, esta estrategia representa tanto una oportunidad como un riesgo: ganar relevancia internacional sin quedar atrapado en dinámicas de dependencia.
El coste de esa estrategia, si no se gestiona adecuadamente, puede ser una pérdida progresiva de autonomía en decisiones clave para el futuro económico y tecnológico del país.
En última instancia, el desafío no es acercarse a China, sino hacerlo sin que ese acercamiento limite la capacidad de España para decidir por sí misma, proteger sus intereses estratégicos y preservar su autonomía en el largo plazo.

