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 #ElMonoDesnudo: De marchas atrás, barro y campañas electorales, por Gloria Pérez de Colosía

 #ElMonoDesnudo: De marchas atrás, barro y campañas electorales, por Gloria Pérez de Colosía

Iba yo el otro día con mi coche camino de Madrid, porque claro, en AVE, ese símbolo perfecto de promesa permanente y realidad aplazada que siempre está en marcha, pero nunca en la vía, solo se podrá viajar cuando esté terminado y punto, ¿recuerdan?, y a ver si ya dejamos de dar guerra con esto.

Pues, no habiendo más remedio, iba, como digo, en mi coche y, como es natural, mis pensamientos, ya de por sí divergentes sin ir conduciendo, fueron transitando de idea en idea hasta acabar, no me pregunten cómo, reflexionando sobre qué pasaría si yendo a 140 por carretera, digo 120 por supuesto, uno metiera la marcha atrás.

La respuesta me vino de forma inmediata y meridianamente clara: no parecía, en cualquier caso, una buena idea.

Pero, no sabiendo exactamente la explicación de lo que parece ser una norma básica de la mecánica, y estando mis hijos, con los que viajaba, en su mundo cibernético a miles de kilómetros de allí, decidí sacarlo como tema, crear conversación, -ya saben, ese gesto casi extinto en la vida moderna-, y averiguar la razón técnica.

Resulta que la mayoría de los coches tienen un bloqueo de seguridad que impide meter la marcha atrás cuando el coche está en movimiento y, aunque algún temerario lo intente, el sistema lo impide electrónicamente.

Y si, en un caso extremo, se consigue forzar, el resultado inmediato sería un grave daño a la caja de cambios, rotura de engranajes, bloqueo de la transmisión, pérdida del control del coche y, posiblemente, un accidente.

En cualquier caso, el coche nunca iría hacia atrás, pues, a esa velocidad, la inercia del coche es enorme. Lo que sí pasaría es que el sistema mecánico no soportaría el cambio y se rompería antes de invertir el movimiento.

El regreso, a esa velocidad, no es una opción. Es una destrucción.

Y así, en mitad de la autovía, con el coche cubierto con barro por la lluvia almeriense de la noche anterior, decido que la política contemporánea funciona con una lógica peligrosamente parecida a ese intento absurdo de meter la marcha atrás cuando un coche va a 120 por carretera. Y, en política, como en la mecánica, la inercia existe, y al intentar ignorarla, lo que ocurre no es un cambio de dirección, sino un deterioro del sistema.

Se repite en muchas campañas electorales, y Andalucía no es una excepción sino un ejemplo, especialmente claro, de un intento constante de meter la marcha atrás en plena autopista política. Revertirlo todo. Negar lo anterior. Desmontar lo construido. Como si gobernar consistiera en pulsar un botón de desinstalar sistema.

Como yo, que limpio el cristal de mi coche con el agua sucia de una gasolinera, los actores de esta campaña andaluza no se molestan en accionar el limpiaparabrisas y mezclan de tal forma sus mensajes, que ya no se distingue propuesta de chocarrería, dejándolo todo igual pero peor.

Cuando Abascal rebautiza a Juanma Moreno como “Juanma Moruno”, chiste fácil que revela la pobreza creativa en la que se mueve parte del debate político, difícilmente alcanza la categoría de argumento

Cuando María Jesús Montero, insiste en su propia construcción discursiva hablándose a sí misma en tercera persona, se convierte en caricatura, perfectamente guionizada pero cada vez menos creíble.

Cuando Juan Espadas, atrapado entre la oposición y la memoria reciente del poder, mantiene un discurso de contención institucional, suena más a gestión del desgaste que a alternativa real, como si el problema no fuera ganar, sino, al menos, no desaparecer del todo.

Cuando Macarena Olona, convertida ya en fenómeno político itinerante trasmite que el proyecto es secundario y lo importante es seguir estando, confirma que la política es ya una cuestión de presencia más que de coherencia.

Unos en punto muerto, otros intentando la marcha atrás y otros avanzando por pura inercia, pero sin motor, sin empuje y sin decisión.

Así que la pregunta ya no es quién va a ganar estas elecciones.

La pregunta es qué quedará del coche cuando alguien, por fin, decida conducirlo en serio.

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