Mayoría absoluta: ¿estabilidad o lío? ¿necesaria o prescindible?, por Valen Ortega
Un debate recurrente que, más allá de teorías, los votantes siguen resolviendo en las urnas.
La mayoría absoluta es, en términos sencillos, la mitad más uno de los escaños de un parlamento o de un ayuntamiento. Es decir, cuando una fuerza política alcanza ese umbral, puede gobernar sin depender de otros partidos para sacar adelante sus iniciativas.
Puede parecer una definición básica, incluso innecesaria, pero conviene recordarla porque sobre ese concepto tan sencillo se construye uno de los debates políticos más recurrentes: ¿son buenas o malas las mayorías absolutas?
Hay quien desconfía de ellas. Se suele decir que concentran demasiado poder, que favorecen el acomodamiento o incluso que permiten gobernar sin control suficiente. En España, muchas de estas críticas se han apoyado en experiencias concretas, como la mayoría absoluta de 2011 de Mariano Rajoy, en un contexto además muy condicionado por la crisis económica. Y ahí está una de las claves: las circunstancias importan, y mucho.
Frente a esa visión crítica, también hay voces que han defendido abiertamente las mayorías absolutas. El expresidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra llegó a afirmar que son la mejor manera de que un candidato pueda desarrollar su programa electoral. Desde el punto de vista parlamentario, es evidente: contar con una mayoría suficiente permite aprobar leyes y presupuestos con mayor facilidad, aunque, como es lógico, siempre bajo el control de los tribunales.
Y es aquí donde entra en juego un factor que muchas veces se pasa por alto: lo que busca realmente el votante. Porque más allá de debates teóricos, la experiencia demuestra que, en muchos casos, el elector prioriza la estabilidad frente a la incertidumbre.
El ejemplo de Galicia es especialmente ilustrativo. Tras un cambio político ajustado que dio lugar a un gobierno de coalición, el electorado gallego optó de forma reiterada por mayorías absolutas, hasta encadenar varias consecutivas. No es tanto una cuestión ideológica como una preferencia clara por la estabilidad.
Algo parecido puede observarse en la Comunidad de Madrid, aunque con matices propios. La irrupción de nuevos partidos introdujo un escenario más fragmentado, pero cuando surgieron dudas sobre la estabilidad del gobierno, el votante tendió a concentrar el apoyo en una opción clara, buscando precisamente evitar bloqueos.
En Andalucía, en 2022, ocurrió algo similar. El discurso de la estabilidad frente al “lío” conectó con una parte importante del electorado, que otorgó una mayoría absoluta clara al gobierno autonómico. Y, según las encuestas actuales, se abre la posibilidad de que ese escenario pueda repetirse (el 17 de mayo saldremos de dudas, porque al final son los ciudadanos quienes votan, no las encuestas).
Y es que la alternativa a una mayoría absoluta no es necesariamente un sistema más equilibrado, sino muchas veces un escenario de negociación constante. Pactos, acuerdos puntuales, tensiones entre socios… una dinámica que puede funcionar, pero que también introduce incertidumbre.
En ese contexto, conviene recordar que incluso cuando existe una suma teórica de mayoría entre varias fuerzas, esa estabilidad no siempre es automática. Los tiempos de negociación, las condiciones de los acuerdos o las diferencias estratégicas pueden alargar o complicar la formación de gobiernos, generando precisamente ese escenario de incertidumbre que parte del electorado trata de evitar.
De hecho, basta con mirar la política nacional reciente. En la actual legislatura, el Gobierno de Pedro Sánchez no ha logrado aprobar presupuestos en todo el mandato, y ya ha adelantado que no presentará los de 2026, con la intención de intentarlo en 2027, un año además con citas electorales. Un ejemplo claro de cómo la ausencia de mayorías sólidas puede complicar la acción de gobierno.
Esto no significa que la mayoría absoluta sea siempre la mejor opción ni que garantice un buen gobierno. Pero sí explica por qué, en determinadas circunstancias, el votante la considera una solución eficaz.
En definitiva, la mayoría absoluta no es tanto una cuestión de principios como de contexto. No se trata de si es buena o mala en abstracto, sino de qué problema quiere resolver el elector en cada momento.
Y hay una realidad difícil de discutir: cuando los ciudadanos han apostado una y otra vez por mayorías absolutas, lo han hecho en contextos muy concretos.
Ha ocurrido, por ejemplo, en Galicia, donde tras un periodo de mayor fragmentación el electorado optó de forma reiterada por gobiernos estables. También lo hemos visto en la Comunidad de Madrid, donde tras etapas de incertidumbre el voto se concentró para evitar bloqueos. Y en Andalucía, en 2022, cuando el discurso de la estabilidad se tradujo en una mayoría absoluta clara.
Es verdad que en España, a nivel nacional, llevamos años sin mayorías absolutas y con repetición de elecciones, lo que demuestra que ese escenario no siempre se da. Pero precisamente por eso, cuando el votante percibe riesgo de inestabilidad o de bloqueo, tiende a concentrar el voto.
Y es en esos momentos cuando la mayoría absoluta deja de ser un concepto teórico para convertirse, simplemente, en la herramienta que muchos ciudadanos consideran más eficaz para gobernar.
📝 Nota:
La versión escrita de este artículo puede no coincidir de forma milimétrica con la versión locutada, pero ambas comparten la misma esencia y línea de análisis.

