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RadioBlog #ConfinadosPeroNoArrinconados: Al carajo, por Antonio Felipe Rubio

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He de reconocer mi desconocimiento sobre las maliciosas implicaciones que contenía un inocente hipocorístico. Ahora resulta que Charo no es un apocope cariñoso de mi prima Rosario.

Charo es, según la neonomenclatura de la imbecilidad Woke, una mujer de ideología de izquierdas que, a su vez, no deja de ser un coñazo. El origen de la acepción nos llega, como en tantas ocasiones, de anglosajón Karens: mujeres feministas, reivindicativas y de ideología “progresista”; y siempre que el calificativo sea proferido por personas con ideología de derecha o de extrema derecha. Este extremo hace que algunas personas se ubiquen en un limbo ideológico según la nueva nomenclatura sociata. Conozco a gente de derechas a las que jamás escuché eso de charos dirigido hacia sociatas al borde de un ataque de nervios.

Esta absurda imposición e impostura del neolenguaje orwelliano-progresista colisiona con la riqueza polisémica de nuestro lenguaje castellano. Además, genera anfibologías que conducen cuando menos al ridículo, y, casi siempre, a las payasadas evacuadas y excretadas por una clase política sumida y okupada en las chorradas semánticas en vez de solucionar los problemas de la sociedad que malparan detentando el poder.

Acabamos de celebrar el día 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción de María. Inmaculada, aplicando los diferentes hipocorísticos, puede ser Inma o Macu; y hasta aquí -de momento- no existe condena sociata a ambas acepciones. El problema aparece con Concepción, que puede ser apocopado por Conce o Concha. Concha no tiene problema pronunciado en España, pero no es lo mismo en Argentina y otros países hispanoamericanos. Allí, concha es la vulva, vagina o el coño. Y no tendría nada de extraño que, extendiendo la comprensión sociata hacia las tendencias propalestinas, magrebíes y subsaharianas, también se obligue a respetar a las mujeres que llegan allende los mares y pueden ofenderse por hipocorísticos tan “salaces” como Concha.

Y han sido los mares, la navegación más exactamente, la que ha propiciado una enorme cantidad de palabras cuya polisemia se ha aplicado generosamente a nuestro rico lenguaje. Así, la verga, tan necesaria en la jarcia de los veleros para trabajar el trapo por la marinería desde el andarivel. El carajo, tan vital para el avistamiento de tierra u otras embarcaciones, aunque también servía de escarmiento para indisciplinas de a bordo. Ambas acepciones, carajo y verga, se acercan peligrosamente al rafe perineal de la fisonomía masculina.

También hay otras acepciones menos escatológicas como que cada palo aguante su vela; ponerle la proa; con viento a favor; capear el temporal… o salvado por los pelos, pues cuando alguien caía al agua tenía que ser asido (no decir cogido, que es jodido) por el lugar mas seguro: los pelos. Así, era costumbre en la marinería lucir una buena cabellera por si era asistido por los pelos del infausto naufragio.

En cualquier caso, y como norma general para los woke, neolingüistas, charos, feminazis, sociatas y otras florifaunas conocidas y las que están por llegar… ¡Váyanse al carajo!

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