Geopolítica, por Carlos Hugo Fernández-Roca
Bienvenidos a este espacio, Geopolítica con Carlos Hugo Fernández-Roca. Soy profesor de máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia y capitán del Ejército del Aire en excedencia. Hoy quiero analizar un acontecimiento que puede cambiar el rumbo de Venezuela y, con él, el equilibrio político del continente: el despliegue naval de Estados Unidos en el Caribe.
No estamos ante unas maniobras rutinarias. Washington ha puesto en marcha la mayor operación naval en la región desde 1989, cuando decidió intervenir en Panamá y capturar al general Manuel Antonio Noriega. La comparación es inevitable: entonces el argumento fue el narcotráfico, y hoy Nicolás Maduro enfrenta cargos de narcoterrorismo y está señalado como líder del llamado Cartel de los Soles. La llegada de siete buques de guerra y un submarino, el despliegue de diez aviones F-35 en Puerto Rico, vuelos de aviones espía P8-Poseidón y presencia de drones artillados modelo Reaper, tiene un efecto doble: exhibir fuerza y, sobre todo, enviar un mensaje psicológico al chavismo y a la comunidad internacional.
El poder de Maduro descansa sobre la lealtad de los altos mandos militares. Una lealtad asegurada con privilegios, recursos estratégicos y redes ilícitas. Pero la recompensa de cincuenta millones de dólares ofrecida por su captura es un golpe que apunta a ese mismo núcleo. No pretende tanto la acción de actores externos como generar sospechas en el círculo íntimo del poder. Y cuando la desconfianza se instala en un régimen totalitario, la fractura interna se convierte en una posibilidad real.
Existe también la opción del exilio. Nicaragua, bajo el liderazgo de Daniel Ortega, o Guinea Ecuatorial, se perfilan como los destinos más probables. Sería una salida negociada, capaz de evitar una intervención militar y abrir paso a una transición controlada. Pero esta solución tendría un coste moral: permitir que Maduro escape de la justicia, después de años de represión, corrupción y violaciones sistemáticas de derechos humanos.
La tercera alternativa es la más contundente: una intervención militar directa. Los cargos judiciales contra Maduro ofrecen un marco legal semejante al que Estados Unidos utilizó contra Noriega. Y la superioridad militar norteamericana hace que una operación rápida y quirúrgica no pueda descartarse. El verdadero obstáculo no es militar, sino diplomático: articular una coalición regional e internacional que legitime la acción como un esfuerzo colectivo frente a un régimen que amenaza la estabilidad de la región.
En realidad, estos tres escenarios no son excluyentes. Pueden combinarse y reforzarse entre sí. La presión militar puede acelerar divisiones internas; esas divisiones pueden abrir la puerta a un exilio; y si todo falla, la intervención militar gana terreno. Lo que estamos viendo parece formar parte de una estrategia de escalada progresiva, donde cada paso aumenta los costes de mantener a Maduro en el poder.
Venezuela se encuentra en un punto de inflexión. Nadie sabe aún cuál será el desenlace, pero lo que resulta evidente es que el margen de maniobra del chavismo se estrecha cada día. La historia enseña que, en contextos como este, los cambios suelen producirse de manera súbita, cuando las piezas encajan de golpe.
Soy Carlos Hugo Fernández-Roca. Hasta aquí este análisis. Continuaremos explorando juntos los grandes movimientos del tablero internacional en el siguiente episodio.

