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#VideoBlog #Gota a Gota: ¿Por qué nadie discute la bondad de subir el salario mínimo?, por Miguel Ángel Campos

#VideoBlog #Gota a Gota: ¿Por qué nadie discute la bondad de subir el salario mínimo?, por Miguel Ángel Campos

Entender el porqué de las cosas no es comprenderlas, sino ponerse en el lugar del otro para mirarse a uno y ver la distancia que nos separa, si es que la hay.

El pasado 10 de febrero, la Ministra de Trabajo Yolanda Díaz, celebrando la subida del salario mínimo acordada con los sindicatos para que lo paguen los empresarios, decía lo siguiente: «el salario mínimo es una herramienta que hace que España vaya bien. Por tanto, no es de nadie, es del país y forma parte ya de una cultura que, me atrevo a decir, nadie puede cambiar. El dirigente público que en España se atreva a cambiar las políticas públicas de la mano del salario mínimo interprofesional, estoy convencida de que tendrá graves problemas».

Así, la subida del salario mínimo ha entrado por derecho propio en el panteón de las cosas fuera discurso; marginales por existir fuera de lo que está permitido cuestionar. La tierra es plana y el salario mínimo bueno; sólo que la tierra no es plana y la bondad del salario mínimo ha de ser cosa discutible, como obra humana que es.  

Y tanto alborozo sindical, gubernamental, político y social, exige –merece- que se empiece la reflexión por un pobre. Un pobre que no es de laboratorio; un pobre que, sin formación y un hijo fruto de un embarazo no planificado, ha de hacer frente a la vida con lo que tiene: sus dos manos y su capacidad de esforzarse y aprender; manos que nadie contrata por casi 1200 Euros porque la vida ha corrido tanto que no ha tenido tiempo de prepararse para ella. Gobierno y sindicatos, que nunca han sido sindicatos de la gente SIN, sino de la gente CON un puesto de trabajo, le ofrecen vivir de la caridad del estado, aunque él preferiría trabajar por 1000 Euros, pero no quiere líos ni trabajar en negro.

Y ello porque, aunque sea cosa no admitida a discusión, puede ser que este pobre haya valorado mejor que el gobierno su propia productividad, por lo que tiene la ilusión de que alguien lo contrate legalmente por unos mil euros que, aunque no sabe hacer nada, la necesidad aprieta y no es tonto, y ya verá el jefe cómo en un año se pone al nivel de los demás, como mínimo.

Este pobre se llama Rubén, es venezolano y es mi amigo, y mece el carrito de la niña mientras me pregunta que cómo no va a poder trabajar él por lo que quiera, si es él que quiere y le hace falta, y que prefiere eso a la limosna que dan porque, entiende él, si no es por trabajo es limosna. Que ya lo ha visto; que eso no acaba bien, y que quién es nadie para meterse en sus asuntos.

Manteniéndolo fuera del mercado laboral, la sociedad –todos- perdemos los servicios que, humildemente pero con diligencia, está dispuesto a prestar a quien le contrate; y él… él pierde la independencia y la dignidad que le daría su autosuficiencia económica al vivir de su propio esfuerzo; sí, con humildad al principio porque, repito, es pobre; pero con dignidad siempre.  

Es mismo día 10 de febrero, el sindicalista Unai Sordo siguió perorando con seguridad extrema, como el profesor que sabe la lección mil veces explicada a los adolescentes de muchas épocas, que ya está bien, dice, que la subida del salario mínimo no crea paro y que es un excelente instrumento, quizá el mejor, para redistribuir la riqueza; y los periodistas escuchan embobados.

A ninguno se le ocurre comentarle que no se puede repartir más riqueza que la hay creada y que, a la larga, no es posible pagar al conjunto de mano de obra más de lo que produce (Hazzlit).

 Así que, tanto si está usted cercano a decidir que los salarios reales deben tener su origen en la producción, como si es más proclive a la tesis de que los determinen  leyes y decretos, antes de decirse por completo, ya digo, recuerde con alegría a todos los trabajadores cuyo sueldo se ha avisto incrementado pero, si quiera de reojo, mire a su alrededor por si hay algún Rubén en su vida.

Pero aún no decida. Si cree, sin dudas, en la bondad de los sueldos fijados por el BOE, recuerde también lo que aquél agricultor analfabeto de la edad media le decía al clérigo que, desde su montura, le enseñaba una escritura diciéndole que esas tierras eran de la abadía: “pero es que señor abad, señor abad, con papel y tinta se puede escribir cualquier cosa”.  

 Buenas noches.  

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