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#ElMonoDesnudo: De las ortiguillas y el complejo Chamán, por Gloria Pérez de Colosía

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Curiosa por naturaleza, no puedo resistirme a investigar sobre cosas que me pillan desprevenida y me descuadran.

Me pasó el martes pasado con el Chamán. Si, esa mítica sala en Los Escullos que rugió por primera vez hace 44 años y que tantas veces, por tontas y controvertidas cuestiones sobre su licencia, ha cerrado y vuelto a abrir, como en su día, y a lo de abrir y cerrar me refiero, porque licencia lo que es licencia nunca tuvo, pasó con el Bar de Joe, ese garito que parecía sacado de una película de Tarantino, gobernado por aquel motero francés, Joe Bell, frecuentado por Rosendo y donde todos los 21 de agosto se celebraba el cumpleaños de Joe Strummer, el cantante de The Clash, obviamente, con su presencia.

El martes pasado, en uno de esos días en lo que todo puede pasar cuando recorres el desierto de Almería, aún sin el vestido de flores de la canción de León Benavente, se me antojaron unas ortiguillas, esa anémona, que no alga, que en la época de penuria que siguió a la guerra civil se empezó a comer como fritura en la Bahía de Cádiz. Como pasó con la angula, que según contaba mi abuela a finales de los años 60 se servía hasta en las tascas más baratas, las ortiguillas han pasado de marisco de pobre a exquisito manjar.

Ansiosa porque mi cerebro recibiera el recuerdo de esas otras veces que las comí, tuve, a mi pesar, que conformarme con el propio recuerdo que tengo guardado, pero sin su sabor, porque no había

Al parecer, el incremento de su consumo más allá de Cadiz, el aumento de la temperatura en el mar y la entrada en costas andaluzas de especies invasoras ha hecho disminuir la población de esta anémona. Así, me he enterado de que la Junta de Andalucía ordenó en Octubre del año pasado el cierre de la pesquería de la anémona marina y la suspensión de las licencias para su pesca, a fin de prevenir su extinción.

En resumen, de momento no hay forma de comer ortiguillas. Pero todo se andará.

Volvamos al Chamán.

Para quien no lo conozca, la Sala Chamán es ese sitio que nunca hizo publicidad y el conocimiento sobre su existencia trascendió por un boca a boca de resaca, donde en 2011 tuvo lugar aquel concierto en el que muchas de las principales bandas almerienses participaron en apoyo al movimiento 15M, entonces recién estrenado.

Más tarde, en Julio de 2013 y partiendo de una denuncia ciudadana, se inició acta de infracción contra el Chamán y en Abril de 2014 el ayuntamiento de Níjar ordenó la clausura y suspensión de su terraza argumentando que no tenían licencia para conciertos. El precinto fue retirado casi de inmediato por los propios dueños asegurando que la programación de conciertos de la temporada seguiría adelante.

El propio alcalde de Nijar, entonces Antonio Jesús Rodríguez, del PP, hizo aquellas vencidas declaraciones: “seguramente seguirán adelante, se le abrirá expediente sancionador, ellos lo recurrirán...”, dijo. Y así fue.

Pero los propietarios del Chamán fueron condenados un año después por las cinco actas de incumplimiento entre aquel mes de Abril y el final del verano.

Una de esas cinco benditas veces o quizá otra de las que no se levantó acta, pude ver, escuchar y hasta compartir el barreño de Guadalupe Plata hasta la madrugada. Algunos lo llamaron suerte, yo lo llamé empeño, pero, en cualquier caso, pude comprobar que la presión sonora y la inclusión de Los Escullos en el mapa de ruidos de vigilancia de aquel verano, no estaba justificada.

Pero estarán preguntándose ustedes, si no lo han olvidado con la nostalgia, qué fue eso que me pasó el martes pasado que tanto me descuadró. Pues bien, el Chaman y su Terraza, que abre y cierra, pero siempre y todavía, está ahí como único superviviente, transpirando el espíritu del Bar de Joe y de la también cerrada para siempre, Haima, el martes pasado estaba de nuevo cerrado. Pude asomarme por las ventanas y por el aspecto parecía realmente cerrado, cerrado de verdad, cerrado desde hace tiempo.

No he podido averiguar qué pasa este verano, pero he disfrutado en el camino del intento y contándoselo a ustedes.

Y, en definitiva, el disgusto de no comer ortiguillas o beber una cerveza en el Chaman, se compensó ampliamente con un maravilloso y largo baño en Las Salinas.

Almería, sea como sea, no defrauda.

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