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VÍDEO BLOG #MIEDODEQUÉ? Sanidad y Educación: ¿Existe España? De palmeros, ignorantes y sanguijuelas que la han esquilmado, por Víctor J. Hernández Bru.
Esta crisis del Covid-19 nos está desvelando muchos secretos que desconocíamos y algunas situaciones que, más que ignorar, preferíamos dejar a un lado, como quien no quiere la cosa.
Y una de los primeros grandes shocks que nos llevamos fue descubrir que, donde todos pensábamos que está España, en realidad no hay más que una pequeña oficina que se supone con la obligación de coordinar las 17 Españas.
Cierto es que esto no es nuevo, que hemos visto y vivido situaciones que nos han hecho cuestionarnos a qué estamos jugando con esto del Estado de las Autonomías, como por ejemplo el que nuestra tarjeta sanitaria no valga de nada en determinadas comunidades, el que lo que estudian unos españoles en la escuela no tiene casi nada que ver con lo que se estudia en otras latitudes o que la justicia incluso actúe de una forma en unos territorios con respecto a otros.
Vale, y yo he sido y quizás seguiría siendo un firme valedor de las diferencias territoriales. A diferencia de a otros muchos, a mí las lenguas del Estado Español me parecen un patrimonio cultural a mantener y potencial, al igual que las tradiciones y peculiaridades culturales de los diferentes territorios, pero estoy absolutamente convencido de que ello no tiene por qué ser a costa de la unidad del Estado y del principio de igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos.
Pero más allá de esa política de diferenciación y de ventajismo que algunos han inoculado en las mentalidades más planas, como herramienta de gestión el voto, esta pandemia nos ha mostrado a la España más débil, a ésa que tiene un ministerio de Sanidad, repito, que no es más que una pequeña oficina en el centro de Madrid cuya capacidad y responsabilidad se reduce a la mínima expresión.
Cuando los españoles hemos necesitado que ese ministerio haga frente a una situación de emergencia, nos hemos encontrado como el más fidedigno homenaje a la chapuza nacional: sin capacidad operativa, sin expertos, sin un plan de operaciones, sin estructura para acometer ningún objetivo. El desastre estaba asegurado… y así ha sido.
Ahora, vuelve a hacer falta la coordinación de ese ministerio que, en lugar de aprovechar este medio año en reforzar estructuras y prepararse para lo que venía, ha dilapidado miserablemente el tiempo, haciendo gala de un rotundo desinterés por aprender de los errores y por convertirse en la necesaria referencia.
El mismo camino ha seguido el ministerio de Educación, que más allá de las gilipolleces de su titular (“Hay que convencerse de que los hijos no son de los padres, dijo esta analfabeta ministerial”), ha dejado que pase el medio año que tenía de plazo para prepararse y hacer algo ante la más que segura contingencia de un arranque de curso en mitad de la pandemia y que ahora, por vía de la ignorante a la que me acabo de referir, acaba de anunciar una gran reunión para la semana que viene: ¡Una semana antes del inicio del curso!
¿Cómo va a ser ese arranque escolar? Lo grave no es que nosotros no tengamos ni puñetera idea. Lo verdaderamente dramático es que la señora Celaá y los cuatro palmeros que la rodean, lo ignoran aún más.

