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#RadioBlog #ConfinadosPeroNoArrinconados: Vulvas y escrotos, por Antonio Felipe Rubio

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En multitud de ocasiones se ha recurrido a la ucronía para evidenciar el tratamiento que tienen algunas noticias en función de quienes las protagonicen. La ucronía consiste, grosso modo, en decir “qué habría pasado si esto que sucedió no hubiese sucedido, o este que dijo tal cosa lo hubiese dicho otra persona”. Así, cuando la izquierda dice una barbaridad o expone medidas disparatadas, raramente es sometida a un linchamiento mediático o una sobreexposición en las redes sociales. Por el contrario, cuando se dice: ¿Y si esto lo hubiera protagonizado la derecha o la extrema derecha?… pues habría manifestaciones, se incendiarían las redes con insultos; no cesarían las invectivas y petición de destituciones; rodarían cabezas; los medios de comunicación “progresistas” dedicarían especiales con despliegue de mofa y befa… En fin, una intensa movilización que, por el contrario, en la derecha se resume a una tímida y sufrida defensa, reconocimiento del error y, en algún caso, el sacrificio del infortunado protagonista.

En el caso del cartel del niño se ha producido lo que estaba previsto. La legión de Guardianes del Recato y la Policía del Pensamiento se han fajado contra un error que jamás se tendría que haber producido; no solo por el error en sí, sino por haber entrado en el juego de esta sectaria ideología de la izquierda. Contar con una subvención del Gobierno de España para campañas de dudosa eficacia e innegable impregnación ideológica no debe ser de obligado cumplimiento. Es preferible rechazar esa presunta “generosidad” antes que caer en esas arenas movedizas, que la izquierda vende como sólidas medidas de trasformación social.

Cabe preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí. Y la respuesta está en los indecentes precedentes que la izquierda ha calificado como extensión de derechos. Vean este ejemplo: La ministra Irene Montero afirma, entre otras obscenidades, que “los niños, las niñas y les niñes tienen derecho a mantener relaciones sexuales con quien les dé la gana, si hay consentimiento”.

Posteriormente, la misma ministra incide en el derecho al aborto de niñas de entre 16 a 18 años, y sin necesidad de consentimiento alguno de sus padres o tutores legales. Evidentemente, se considera que los menores de edad no tienen capacidad volutiva para discernir ante una decisión de tal magnitud.

Después de este disparate, llegó la decisión de cambio de sexo con métodos expeditivos e irreversibles, también para los menores de edad.

Pero no cesan las aberraciones. La Generalitat de Catalunya promueve una iniciativa consistente en un “taller” para que los niños y niñas de tres a cinco años se masturben, que consuman pornografía a partir de los 8 años, y sexo oral entre adolescentes de 12 años.

Aparte de estas mamarrachadas, los llamados “progresistas” chapotean en el fango de la mayor zafiedad con el aquelarre de la procesión del “coño insumiso”. Utilizan una representación de una vagina y la procesionan al tiempo que profieren gritos irreproducibles, aludiendo que lo hacen en defensa de los derechos de la mujer. Todo lo contrario, pues hubo muchísimas reacciones contra esta vulgaridad tan zafia como ofensiva para la imagen de la mujer.

Con estos precedentes, se entiende que hayamos llegado a un ambiente irrespirable, en el que nos imponemos nuestras propias censuras si no formamos parte de ese redil “progresista” con patente para todo tipo de vulgaridades, excesos y aberraciones de mandatarios y esbirros, cuya intelectualidad busca acomodo en vulvas y escrotos.

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