#ElMonoDesnudo: DE HEROÍNAS QUE NO NECESITAMOS, por Gloria Pérez de Colosía
En Andalucía estamos acostumbrados a muchas cosas: al calor, a las ferias, a que el verano empiece en Mayo y a las promesas electorales en las que siempre aparece alguien dispuesto a salvarnos.
En ellas, es natural que unos y otros proclamen sus gallardías y guapezas, al tiempo que resaltan las desgracias del contrario.
Lo que no es tan natural y de hecho bastante perturbador, es que los candidatos a reinar hablen de sí mismos en tercera persona, como narradores de su propia biografía o protagonistas de una película épica.
Pero así, con estas chuscadas se nos presenta la candidata socialista, que parece haber decidido que María Jesús no solo es una persona, sino también un personaje.
Hablar de uno mismo en tercera persona puede tener cierto gancho en el fútbol o en el cine, pero en política resulta, como digo, un pelín perturbador porque suena a arquitectura artificial, a estrategia de marketing, a constructo adulterado y, lo que es peor y todos lo sabemos, esa extraña distancia emocional que se toma cuando de uno mismo se hablar en tercera persona, se asocia a los villanos más que a los super héroes.
Pero para ella no, ella es la super heroína que salvará a los andaluces y andaluzas de ellos y ellas mismas.
María Jesús promete, María Jesús escucha, María Jesús entiende a Andalucía y María Jesús viene a rescatarla, ya no de los otros, sino de sí misma.
Pero María Jesús olvida que el escepticismo político es ya casi un patrimonio cultural y que esa pose de superheroína resulta especialmente chocante en Andalucía, que ya ha sobrevivido a décadas de promesas incumplidas, a gobiernos de todos los colores y a crisis de todo tipo.
Con la intención de transmitir seguridad, María Jesús sin duda, revela la necesidad de convencerse ella misma antes que poder convencer a ningún otro. Y se lo hemos notado
Pero el problema de esta teatralización no es solo estético. Cuando la política se convierte en relato personal, el debate público se empobrece. Se habla menos de programas, de cifras o de gestión y más de emociones, de personajes y de supuestas epopeyas individuales. El candidato deja de ser un servidor público para convertirse en una marca, en una historia que hay que vender, en una especie de producto político con eslogan propio.
Y ahí Andalucía vuelve a ser terreno difícil. Porque aquí, aunque nos guste el espectáculo, sabemos distinguir entre quien viene a trabajar y quien viene a hacerse la foto. La historia reciente de esta comunidad está llena de líderes que prometieron cambiarlo todo y acabaron cambiando más bien poco. Por eso, cada vez que alguien se presenta como la solución definitiva, la reacción natural no es la admiración, sino la sospecha.
Quizá por eso, ese tono épico, casi mesiánico, suena más a guion que a convicción. Porque cuando alguien habla de sí mismo en tercera persona, no parece estar hablando con los ciudadanos, sino narrándose a sí mismo una historia en la que siempre sale victorioso. Y eso, más que liderazgo, transmite distancia.
Andalucía no necesita superheroínas, necesita gestores. No necesita discursos en tercera persona, necesita explicaciones en primera. Y, sobre todo, no necesita que nadie le recuerde constantemente lo buena que es la candidata: para eso, ya estaban las abuelas.

