#LaVida: España ante un nuevo ciclo político, por Manoly Roldán
El pasado 21 de diciembre de 2025 se celebraron elecciones autonómicas en Extremadura. El resultado otorgó la victoria al Partido Popular (PP), que obtuvo 29 escaños, uno más que en 2023. En segundo lugar, se situó el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), con 18 escaños, diez menos que en la convocatoria anterior. En tercera posición quedó Vox, que pasó de 5 a 11 escaños. La participación se situó en el 62,73 % del censo electoral, lo que supone un descenso significativo respecto al 70,35 % registrado en 2023.
En las elecciones autonómicas celebradas en Aragón el 8 de febrero de 2026, el PP volvió a ser la fuerza más votada con 26 escaños. No obstante, el resultado presenta una doble lectura: mantuvo la primera posición, pero perdió dos escaños respecto a 2023. El PSOE quedó en segundo lugar con 18 diputados, cinco menos que en la anterior legislatura, cuando obtuvo 23, en un contexto de desgaste político a nivel nacional. En tercer lugar, se situó Vox, que duplicó su representación al pasar de 7 a 14 escaños. La participación alcanzó el 67,56 % del censo, ligeramente superior al 66,54 % registrado en 2023.
De la comparación de ambos procesos electorales se desprenden varias tendencias. En Extremadura, el crecimiento del PP es mínimo, mientras que en Aragón incluso pierde dos escaños; el PSOE sufre un retroceso significativo en ambas comunidades y Vox experimenta un crecimiento relevante, duplicando su representación. Más allá del reparto de escaños, la evolución de la participación resulta igualmente significativa: fue superior en Aragón que, en Extremadura, lo que podría reflejar distintos niveles de movilización o, en el caso extremeño, mayores grados de desafección o falta de identificación con la oferta política. En un contexto de creciente polarización, la activación o desactivación del electorado puede resultar tan determinante como el propio trasvase de votos entre partidos.
Si se analiza también la evolución del porcentaje de voto y la participación, puede apreciarse que el crecimiento de Vox no responde únicamente a un efecto aritmético de escaños, sino que podría estar vinculado a una mayor movilización de determinados segmentos del electorado, especialmente en contextos de polarización y desafección hacia los partidos tradicionales.
La cuestión que se plantea es si estamos ante un ajuste coyuntural o ante una transformación más profunda del sistema político español.
Diversos factores podrían estar influyendo en esta reconfiguración electoral.
En primer lugar, la progresiva superación del esquema bipartidista surgido tras la Constitución de 1978, en el que PP y PSOE concentraban mayoritariamente el voto. Desde 2015, el sistema político español ha mostrado una fragmentación creciente y un aumento de la volatilidad electoral.
En segundo lugar, el distanciamiento generacional. Una parte significativa de los jóvenes no se siente representada ni por el PP ni por el PSOE, al considerar que no responden de forma eficaz a sus principales preocupaciones: empleo estable, salarios dignos, acceso a la vivienda y expectativas reales de movilidad social. Se trata de una generación que no vivió la etapa fundacional de la Constitución de 1978 y cuya referencia política no está ligada a los consensos de la Transición. Además, su forma de informarse y construir opinión pública se articula principalmente a través de entornos digitales y redes sociales, a diferencia de las generaciones mayores.
También influye la percepción, especialmente en el ámbito rural y en el sector primario, de que los partidos tradicionales no atienden adecuadamente sus demandas, agravada por decisiones europeas como el respaldo a acuerdos de libre comercio (Mercosur o las negociaciones con India) que han generado inquietud en determinados colectivos agrarios.
A ello se suma el malestar de autónomos y pequeños empresarios ante la presión fiscal y la incertidumbre económica. Muchas de estas variables remiten a un eje común: la percepción de pérdida de movilidad social y de menor control sobre las expectativas de futuro.
No puede ignorarse tampoco el contexto de tensión institucional y dificultades económicas que ha contribuido a intensificar la polarización política y a reforzar opciones con discursos más contundentes.
La competencia interna dentro del bloque de centro-derecha, con la consolidación de Vox y la aparición de nuevas formaciones como SALF, fragmenta ese espacio electoral y obliga al PP a disputar el liderazgo dentro de su propio bloque. Paralelamente, la fragmentación del espacio de la izquierda alternativa ha podido provocar trasvases hacia partidos percibidos como más consolidados.
En conjunto, estos elementos apuntan a una reconfiguración del mapa político más que a un simple desplazamiento coyuntural del voto. La evolución observada podría formar parte de una tendencia más amplia hacia un sistema multipartidista más estable, con bloques ideológicos más competitivos y menos concentrados que en el pasado. Este proceso puede interpretarse como un fenómeno de realineamiento electoral dentro de los bloques ideológicos tradicionales, donde la competencia no se produce únicamente entre izquierda y derecha, sino también dentro de cada bloque.
En las próximas elecciones autonómicas de Castilla y León (previstas para el 15 de marzo) y Andalucía (estimadas para el mes de junio) podrían observarse tendencias semejantes a las registradas en Extremadura y Aragón.
Aunque el PP y el PSOE mantienen posiciones relevantes dentro del panorama político, la evolución reciente sugiere que Vox podría continuar experimentando un crecimiento significativo, si bien la magnitud de ese avance dependerá del contexto económico y del clima político en el momento de la votación.
En el actual proceso de negociación abierto en febrero de 2026 en Extremadura, el acuerdo entre el PP y Vox está resultando complejo. Mientras el PP defiende acuerdos puntuales desde el exterior del Ejecutivo, Vox aspira a formar parte del Gobierno autonómico. Si no se alcanza un entendimiento dentro del plazo legal, el ordenamiento prevé la posibilidad de una repetición electoral.
Este proceso de transformación de la derecha clásica hacia modelos que combinan conservadurismo cultural con mayor énfasis social y soberanista se viene desarrollando desde hace años en distintos países europeos.
En Francia, el Rassemblement National, liderado por Marine Le Pen, ha evolucionado hacia un planteamiento que combina proteccionismo nacional, prioridad social para los ciudadanos franceses y un discurso crítico con determinados enfoques de la Unión Europea. Se trata probablemente del caso más claro de transformación de una derecha clásica hacia una “derecha social nacional”.
En Italia, Fratelli d’Italia, bajo el liderazgo de Giorgia Meloni, ha consolidado un modelo basado en un nacionalismo fuerte, conservadurismo cultural y defensa de sectores estratégicos, dentro de una economía de mercado.
En Hungría, Fidesz, liderado por Viktor Orbán, ha desarrollado un modelo caracterizado por conservadurismo cultural, políticas familiares expansivas e intervención estatal estratégica.
En Polonia, Prawo i Sprawiedliwość impulsó durante su etapa de gobierno programas sociales combinados con conservadurismo moral y un enfoque nacional soberanista.
En España, Vox nació con un perfil liberal-conservador y, en los últimos años, ha incorporado un discurso con mayor énfasis social orientado a trabajadores, clases medias, sector primario y pequeño empresariado.
Este giro puede interpretarse como una estrategia de ampliación de base electoral en segmentos que algunos votantes perciben como desatendidos por los partidos tradicionales. En este sentido, Vox podría situarse dentro del modelo de “derecha social” observado en otros países europeos.
Para consolidar su crecimiento, Vox deberá ampliar su presencia en determinados entornos sociales y competir por votantes abstencionistas. No obstante, su consolidación dependerá de su capacidad para trasladar discurso a gestión efectiva.
El cambio en Vox también obliga al PSOE y al conjunto de la izquierda a reforzar su agenda económica y su conexión con sectores populares. Del mismo modo, tensiona al Partido Popular, que debe equilibrar su perfil institucional con la competencia en su flanco derecho.
Si esta dinámica se consolida, podría configurarse un escenario en el que la competencia dentro de los bloques ideológicos adquiera carácter estructural.
En conclusión, los resultados observados podrían estar insertos en una transformación más amplia del sistema político español. El próximo ciclo político dependerá menos de identidades tradicionales y más de la capacidad de los partidos para ofrecer respuestas económicas y sociales creíbles en un entorno de mayor fragmentación y exigencia ciudadana.
“La transformación es evidente; su desenlace, todavía incierto”.

