#NoSoyNeutral: ¿Por qué Vox sube y el Partido Popular no se hunde?, por Valen Ortega
En las últimas semanas, y muy especialmente tras las elecciones extremeñas del pasado 21 de diciembre, se ha visto con más claridad que nunca algo que mucha gente se negaba a aceptar: que el crecimiento de Vox no puede explicarse solo a costa del Partido Popular. Es decir, lo que se está desmontando es el mantra de siempre: “Vox sube porque el PP cae”. Los datos —y ya no solo las encuestas, sino el voto real— apuntan en otra dirección.
El Partido Popular ya dio un gran salto electoral entre noviembre de 2019 y julio de 2023, pasando de poco más de cinco millones de votos y 89 escaños a más de ocho millones y 137 diputados. Ese fue un gran salto, comparable —e incluso superior— al que dio Aznar entre 1989 y 1993.. Ese salto, por pura lógica electoral, no es fácilmente repetible en la misma magnitud. No significa hundimiento ni retroceso: en el peor de los escenarios, el PP aparece estancado o con subidas leves, pero no en caída.
Al mismo tiempo, Vox crece con fuerza. Y aquí está la clave: ese crecimiento ya no puede explicarse únicamente quitándole votos al PP. Si así fuera, el Partido Popular tendría que estar desplomándose, y eso no está ocurriendo. El ejemplo de Extremadura es especialmente claro: Vox sube con fuerza mientras el PP apenas pierde votos, mejora porcentajes y gana representación. Eso solo es posible si Vox está bebiendo de otras fuentes.
¿De dónde salen esos votos? De una combinación de factores: abstencionistas de largo recorrido, votantes nuevos, antiguos votantes del PP que se desmovilizaron tras 2011 y, en determinados contextos, incluso voto táctico. Es decir, voto que no busca gobernar, sino condicionar.
Aquí entra un elemento especialmente incómodo para el análisis clásico: una parte del electorado socialista puede estar votando a Vox de forma estratégica, no para que gobierne, sino para reforzarlo lo suficiente como para dificultar un gobierno sólido del Partido Popular. Un voto de castigo indirecto, no al adversario ideológico, sino al posible vencedor.
Este escenario también explica el cambio de actitud del Partido Popular hacia Vox. Frente a la confrontación directa, el PP parece optar ahora por otra vía: el llamado “abrazo del oso”. No atacar, sino integrar; no aislar, sino normalizar; no competir en el ruido, sino obligar a gestionar. No por afinidad, sino por cálculo político: exponer a Vox al desgaste del poder.
Conviene añadir un matiz importante: Vox aspira a liderar el espacio del centro-derecha, pero no tiene la estructura territorial, organizativa ni institucional para hacerlo. Su crecimiento es real, pero se apoya más en resultados coyunturales que en una implantación sólida. Esa diferencia estructural sigue siendo clave para entender por qué el Partido Popular mantiene el liderazgo del bloque, incluso cuando Vox sube con fuerza.
Todo esto conduce a una conclusión clara: el mapa político actual ya no se mueve solo por bloques ideológicos, sino por comportamientos tácticos, abstención diferencial y voto de castigo cruzado. Las explicaciones simples ya no sirven.
Y una vez más, frente a los mantras y los relatos cómodos, el dato termina imponiéndose.
Porque, al final, el dato —siempre— mata al relato.

