#NoSoyNeutral: Resistir es otra cosa – La diferencia entre el relato y la realidad política, por Valen Ortega
En los últimos tiempos se habla mucho de la “resistencia” de Pedro Sánchez. De su capacidad para aguantar, para mantenerse, para seguir. Pero conviene aclarar algo desde el principio: cuando aquí hablamos de “supuesta resistencia”, no estamos diciendo que sea una mentira en sentido estricto. Lo que decimos es que no es resistencia en el sentido político real del término.
Resistir no es seguir siendo presidente porque toca. Resistir no es permanecer en el cargo mientras el calendario constitucional avanza. Resistir, en política, es enfrentarte a algo que de verdad te puede derribar. Y eso, ahora mismo, no está ocurriendo.
Que nadie confunda esto con decir que no hay oposición. Claro que la hay. PP y Vox hacen oposición, critican, denuncian y combaten al Gobierno. El problema no es ese. El problema es que no existe una mayoría alternativa capaz de derribar al presidente. Y eso lo cambia todo.
La lógica es sencilla: si hubiera una mayoría suficiente para echar a Sánchez del poder, esa misma mayoría habría existido para impedir su investidura. Y no fue así. Por tanto, mientras no cambien los números, no hay resistencia, hay permanencia. Hay aguante dentro del plazo. Y eso es legal, pero no es épico.
Por eso conviene distinguir entre relato y realidad. El relato habla de resistencia. La realidad habla de aritmética parlamentaria. De mayorías que existen o no existen. De apoyos que suman o no suman.
Las encuestas que hemos conocido en los últimos meses —y recientemente una de Sigma Dos— dibujan un escenario bastante estable: un Partido Popular que gana, un Vox que crece con fuerza y un Partido Socialista que se debilita. Los porcentajes pueden variar, los escaños pueden moverse arriba o abajo, porque el sistema electoral español es complejo y provincial. Pero la tendencia es clara. Y esa tendencia apunta, con cautela, a una posible mayoría amplia del bloque de centro-derecha. Otra cosa será si eso se traduce o no en elecciones reales.
Si buscamos ejemplos de resistencia auténtica, los encontramos en otros sitios. En la ciudadanía que se moviliza, por ejemplo. En las urnas, como ocurrió en Extremadura, donde no hubo cambio de gobierno, si no una ratificación clara y ampliada del apoyo al centro-derecha, con alrededor del 60 % del voto en una comunidad donde el PSOE había tenido mayorías absolutas hace pocos años.
O en la calle, con manifestaciones multitudinarias convocadas en pocos días, con decenas de miles de personas saliendo a protestar. Eso también es resistencia cívica: expresar desacuerdo de forma clara, visible y democrática.
Incluso el propio Pedro Sánchez ha protagonizado un ejemplo real de resistencia en el pasado. En 2016, cuando media ejecutiva de su partido dimitió, se negó inicialmente a marcharse y trató de forzar un congreso extraordinario. Aquello terminó en un choque interno enorme y en su dimisión forzada. Eso sí fue resistencia interna. Lo de ahora no se parece en nada.
Y si ampliamos el foco, basta mirar fuera de nuestras fronteras. En lugares como Venezuela, donde la oposición actúa bajo una presión extrema, hablar de resistencia tiene un significado literal, duro y arriesgado. Comparar eso con la situación de un presidente que gobierna dentro de los plazos constitucionales es, como mínimo, una exageración.
Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Lo de ahora no es resistencia. Es un relato.
La política real, la que decide gobiernos, no va de épica.
Va de números.

