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#LaVida: Venezuela como espejo para España, por Manoly Roldán

#LaVida: Venezuela como espejo para España, por Manoly Roldán

Estamos viviendo momentos difíciles, complejos y de cambios acelerados en todo el mundo. La historia demuestra que las grandes crisis no aparecen de un día para otro: se gestan lentamente, entre conflictos externos, deterioro institucional y cansancio social. Hoy, ese proceso puede observarse con claridad en distintos puntos del planeta, y uno de los ejemplos más extremos es Venezuela.

Antes de llegar a ese punto, el mundo atraviesa un escenario de creciente inestabilidad. La guerra en Ucrania no se detiene. Países europeos como Reino Unido, Alemania o Francia continúan apoyando al presidente Volodímir Zelenski frente al avance del ejército ruso, que sigue ganando territorios. Desde la perspectiva del Gobierno norteamericano, esta ayuda estaría dificultando la aceptación de un plan de paz planteado por Donald Trump, en un contexto en el que el Ejecutivo ucraniano atraviesa momentos delicados y se enfrenta a acusaciones de corrupción.

A este conflicto se suma la situación en Oriente Próximo. En Israel y Gaza se intenta planificar el paso a una segunda etapa de alto el fuego, en un contexto extremadamente frágil, marcado por la desconfianza, la presión internacional y el riesgo constante de una reanudación de la violencia. La región continúa siendo uno de los principales focos de tensión global, con implicaciones geopolíticas que trascienden sus fronteras.

En paralelo, el antisemitismo muestra un preocupante repunte fuera de la zona de conflicto, como evidencia el atentado del 14 de diciembre de 2025 en Bondi Beach (Australia) contra la comunidad judía que celebraba Janucá, con 16 fallecidos y al menos 40 heridos. Esta violencia se ve alimentada por actitudes políticas y sociales en Europa, donde España destaca por elevados niveles de antisemitismo, visibles en decisiones como la retirada de Eurovisión por la participación de Israel o el boicot a una vuelta ciclista en la que competía un equipo israelí, contribuyendo a normalizar la hostilidad contra la comunidad judía.

Este escenario general ha reforzado la posición de potencias que actúan desde la fuerza. Vladímir Putin se siente más fuerte, convencido de contar con el respaldo del presidente estadounidense, lo que le permite avanzar militarmente y estrechar relaciones con países como China, Irán o Corea del Norte. La posible amenaza sobre Europa ha llevado a los países de la OTAN a rearmarse y a replantear incluso el servicio militar, inicialmente voluntario, en un continente que creía haber dejado atrás la guerra.

Mientras parte de Europa vuelve a implicar a su población en la defensa mediante modelos obligatorios o voluntarios, España mantiene un ejército exclusivamente profesional, dejando en manos de unos pocos la respuesta ante posibles escenarios de crisis.

A ello se suma una transformación profunda del modo de combatir: armamento sofisticado, drones, misiles de largo alcance y un uso cada vez mayor de la inteligencia artificial. Un ejemplo estremecedor es la existencia de escuelas subterráneas en algunas zonas de Zaporiyia (Ucrania), donde niños y jóvenes no solo continúan su educación, sino que reciben formación básica vinculada a la guerra. Todo ello refleja hasta qué punto el mundo ha entrado en una fase de tensión permanente.

Pero no todos los conflictos ocupan el mismo espacio en la agenda internacional. En África, mientras la atención mediática es mínima, se está produciendo un auténtico genocidio contra comunidades cristianas en distintos países, víctimas de grupos terroristas radicales islámicos y milicias armadas. Miles de personas son asesinadas, desplazadas o perseguidas por su fe ante el silencio de gran parte de la comunidad internacional, lo que pone de manifiesto una preocupante doble vara de medir en la defensa de los derechos humanos.

Europa afronta graves problemas internos: inseguridad, inmigración ilegal descontrolada, tensiones sociales y una creciente sensación de pérdida de control, que han llevado a las instituciones a buscar soluciones de emergencia. En este contexto se enmarca la aprobación del Pacto de la UE sobre Migración y Asilo por los 27 Estados miembros, que amplía el uso del concepto de “país tercero seguro” y permite que los solicitantes de asilo sean enviados a terceros países, fuera de la Unión, para esperar la resolución de su solicitud si se considera que allí pueden recibir protección, reflejando la gravedad y urgencia de la presión migratoria que afronta Europa.

A ello se suma un deterioro económico que afecta tanto a empresarios como a trabajadores. El sector primario (agricultura, ganadería y pesca) y el industrial, especialmente el automovilístico, se ven castigados por políticas que favorecen a terceros países, como China, Marruecos y otros, provocando cierres de empresas, deslocalizaciones y empleo precario. Los jóvenes, en particular, ven cada vez más lejano poder construir un proyecto de vida estable.

En este contexto internacional y europeo es donde cobra pleno sentido el ejemplo de Venezuela. Tras más de 25 años de deriva autoritaria, el país se encuentra asfixiado por el narcotráfico, la corrupción, el expolio de recursos y la ausencia de libertades. No es casualidad que Estados Unidos haya puesto el foco en la región, especialmente en Venezuela, con el objetivo declarado de combatir actividades ilegales y favorecer el restablecimiento de la democracia.

Es precisamente en este escenario donde emerge con fuerza la figura de María Corina Machado, símbolo de resistencia cívica y de lucha pacífica por la libertad. A pesar de la represión del régimen de Nicolás Maduro, de las amenazas y del aislamiento, ha conseguido mantener viva la esperanza de millones de venezolanos. Su reciente salida del país para acudir a Oslo (Noruega), donde debía recoger el Premio Nobel de la Paz, es una muestra de su determinación personal y del riesgo que asume.

Aunque no pudo llegar a tiempo a la ceremonia, su mensaje fue transmitido por   su hija y, horas después, pudo saludar desde la ventana del hotel a quienes la acompañaban en una noche helada. Lejos de buscar protagonismo personal, continúa trabajando en coordinación con sus colaboradores, el Gobierno norteamericano y otros Estados para impulsar la libertad y contribuir a la recuperación de la democracia, la justicia y la verdad en Venezuela, asumiendo públicamente su disposición a ejercer la vicepresidencia y a liderar una etapa decisiva de recuperación institucional, consciente de la enorme magnitud del reto.

Numerosos gobiernos del mundo han reconocido y felicitado a Machado por este premio y por su lucha por la paz y la democracia en Venezuela, algo que, sin embargo, no ha hecho el Gobierno español.

Y es aquí donde su ejemplo interpela directamente a España. Venezuela no llegó a esta situación de un día para otro. Fue el resultado de la degradación institucional, de la corrupción sistemática, del desprestigio de la justicia y del cansancio de una ciudadanía que terminó desconectando de la vida pública.

En nuestro país, la sucesión constante de presuntos casos de corrupción, el incumplimiento de acuerdos, la dependencia de apoyos parlamentarios frágiles y la dificultad para gobernar están generando hastío, desafección y desinterés ciudadano. La corrupción se extiende como una red cada vez más compleja, a la que se suman episodios que agravan aún más la pérdida de credibilidad institucional.

Los apoyos políticos se mantienen no por convicción, sino por interés, aprovechando la debilidad del Ejecutivo. La dificultad para aprobar presupuestos, la legislación por decreto y la sensación de parálisis refuerzan la percepción de un sistema agotado.

Por ello, el ejemplo de María Corina Machado no es una historia lejana, sino una advertencia que recuerda la necesidad de no normalizar la corrupción, no resignarse al deterioro democrático ni caer en la apatía, y de exigir la vigilancia activa del poder judicial, los órganos de control, la oposición, la sociedad civil y la ciudadanía para defender la Constitución, el Estado de Derecho, la independencia judicial y la separación de poderes, fortaleciendo las instituciones de control del poder (UCO).

Porque lo que hoy ocurre en Venezuela demuestra que, cuando la sociedad baja la guardia, la democracia puede perderse. Y recuperarla exige un precio muy alto.

“Venezuela demuestra que cuando la corrupción se normaliza y la ciudadanía se resigna, la democracia acaba desapareciendo. España aún está a tiempo de evitarlo”.

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