#BLOG Sal y Luz: La derechización de los jóvenes, por Andrés Repullo
La evolución del voto joven en España revela una verdad incuestionable: una fractura moral y generacional entre la juventud y un Gobierno que presume de representarla, pero que la condena al fracaso. Los menores de 35 años, antaño seducidos por promesas utópicas de izquierda, han girado hacia posiciones conservadoras no por capricho, sino por una rebelión legítima contra el abandono sistemático de sus valores y su futuro.
Ayer, el presidente del Gobierno irrumpió en Radio 3 vestido como un veinteañero, con jerga festivalera y playlist bajo el brazo. No fue un gesto de cercanía: fue un acto de desesperación patética, un intento burdo de recuperar un voto que ya le ha dado la espalda. Siete años en el poder y su estrategia se reduce a cosmética: ropa juvenil, cuentas en TikTok —la red donde más jóvenes malgastan su tiempo— y vídeos virales que pretenden sustituir políticas por postureo. Se rodea de cantantes de moda, cita grupos alternativos y se presenta como “uno de ellos”. Pero los jóvenes no buscan un colega de botellón: buscan un líder con principios, no un influencer con cargo.
La realidad que viven es otra, y es obscena.
La vivienda, ese pilar de la dignidad familiar, está peor que nunca. Se construye menos vivienda social que en los años 80. Los alquileres y precios de compra son inalcanzables para quien empieza. España bate récords de recaudación fiscal, pero ¿dónde está ese dinero? ¿En macrofestivales subvencionados? ¿En chiringuitos ideológicos? Los fondos europeos, prometidos como salvación, se evaporan en burocracia y clientelismo mientras los jóvenes duermen en casas de sus padres o en pisos compartidos con desconocidos.
La deuda pública es un pecado mortal contra las generaciones futuras. Lo que hoy se gasta en propaganda, ocurrencias y pactos con quienes odian España, lo pagarán ellos con sudor y sacrificio. Esa sí es una herencia: no la de los abuelos que reconstruyeron el país tras la guerra, sino la de una élite política que vive del cuento mientras condena a sus hijos a la precariedad.
El talento huye. No porque falten festivales indie o bonos culturales, sino porque aquí no hay futuro. Las empresas, asfixiadas por impuestos confiscatorios, regulaciones asfixiantes y un mercado laboral intervenido hasta la náusea, no pueden competir ni retener a los mejores. Y el Gobierno, en vez de liberalizar, de premiar el mérito y el esfuerzo, premia la mediocridad y la sumisión ideológica.
Y mientras, la inteligencia artificial —la mayor revolución desde la imprenta— amenaza con barrer los empleos de entrada. Pero el presidente no habla de formación técnica, de incentivos a la innovación, de proteger a los trabajadores del mañana. Habla de Rosalía, de reggaetón y de “buen rollo”. Como si el futuro se construyera con filtros de Instagram.
Los jóvenes no necesitan un presidente que imite su lenguaje o su estética. Necesitan un país donde el trabajo dignifique, donde formar una familia no sea un lujo, donde el mérito pese más que la ideología.
El voto joven no ha girado a la derecha por moda. Ha girado porque ha descubierto que la verdadera rebeldía hoy no está en gritar consignas vacías, sino en defender el sentido común, la familia, el esfuerzo y la nación.
Y ningún TikTok, ningún disfraz ni ninguna playlist podrá ocultar esa verdad.

