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#LaVida: España entre China y Occidente, por Manoly Roldán

#LaVida: España entre China y Occidente, por Manoly Roldán

China es un país milenario, con una cultura riquísima y una población de 1.408.000.000 personas (2024). Fue el principal destino de la externalización masiva de la producción por parte de Estados Unidos, Europa Japón, Corea del Sur, Canadá y Australia desde los años noventa, lo que impulsó su economía de forma espectacular y elevó el nivel de vida de cientos de millones de ciudadanos. Este proceso generó desequilibrios en numerosos países, provocando desindustrialización y la pérdida de miles de puestos de trabajo. Junto a China, la externalización también se extendió hacia otros destinos asiáticos como Vietnam, India, Indonesia, Tailandia, Malasia, Bangladesh y Filipinas.

Sin embargo, como ocurre en cualquier ciclo económico, ha llegado la fase descendente: aunque los países desarrollados siguen comprando productos chinos, la economía del gigante asiático muestra claros signos de desaceleración. Parte de la producción mundial se ha desplazado hacia países con costes más bajos (Vietnam, India, Indonesia, México) o ha regresado parcialmente a los países de origen. La pandemia de la COVID-19 (2019–2020) aceleró esta tendencia al evidenciar la dependencia global de un único centro de fabricación, y los aranceles impuestos por la administración de Donald Trump añadieron todavía más presión a la economía china.

Estos cambios han reducido el ritmo de crecimiento chino y han generado tensiones en el empleo, especialmente entre los jóvenes. A ello se suma la profunda crisis del sector inmobiliario, uno de los pilares tradicionales de su economía, y un mercado laboral cada vez más presionado. Aun así, es innegable que China mantiene ventajas tecnológicas destacadas en ámbitos como las energías renovables, las baterías, las telecomunicaciones y la inteligencia artificial.

Pero con viene recordar que el modelo político chino es radicalmente distinto al de los países europeos o Estados Unidos:

China funciona bajo un sistema de partido único donde el PCCh controla el Estado, el ejército, la justicia, la economía y los medios de comunicación. El poder está concentrado en un líder sin límite de mandatos, los medios están sometidos a censura, la vigilancia estatal es masiva y el sistema judicial responde al partido. Los sectores estratégicos de la economía están dirigidos por el Estado y la ideología oficial, el “socialismo con características chinas” y la doctrina Xi Jinping, impregna educación, empresas y vida pública. En este modelo, los derechos individuales quedan subordinados a los intereses del Estado y las libertades están estrictamente limitadas, en contraste con las democracias liberales donde existe pluralismo político, separación de poderes, libertad de prensa, protección de datos, economías de mercado y garantías constitucionales que permiten a los ciudadanos reclamar frente al Estado.

Con todo lo expuesto, resulta más fácil comprender y advertir sobre las implicaciones que tiene para España y para Occidente un acercamiento político y estratégico a un sistema tan distinto como es China. Por otro lado, el presidente estadounidense Donald Trump lanzó varias advertencias sobre España. Cuando dijo “They’re a BRICS nation, Spain” (España es una nación BRICS), no estaba afirmando literalmente que España formara parte de los BRICS, sino señalando, según numerosos analistas, que el país se estaba acercando demasiado a China. Su otra frase, “Spain is very low” (España está muy baja), aludía a que España es uno de los miembros de la OTAN que menos invierte en defensa. Incluso llegó a amenazar con aplicar aranceles del 100 % a productos españoles, algo que finalmente no hizo porque España está protegida por el arancel común de la Unión Europea.

Washington observa desde hace tiempo que España se acerca políticamente a China y, al mismo tiempo, continúa siendo uno de los países que menos aporta a la defensa colectiva. La UE también ha pedido a los Estados miembros que reduzcan dependencia de China debido al riesgo estratégico que supone. Este comportamiento del Gobierno español tiene consecuencias claras: Estados Unidos, la UE y la OTAN sienten una creciente desconfianza hacia España.

El mundo está dividido en dos bloques: el occidental (EE.UU., UE y OTAN) y el formado por las potencias revisionistas (China, Rusia, Irán y Corea del Norte). Al acercarse en exceso a China, España es percibida como un socio que cruza una línea roja geopolítica. En seguridad y defensa no cabe la ambigüedad: o eres fiable o no lo eres. Y esta falta de claridad se traduce en que España queda fuera de reuniones importantes donde se comparte información sensible.

China es el principal rival estratégico de Estados Unidos y la OTAN, y que España firme acuerdos, facilite inversiones chinas, mantenga silencio sobre derechos humanos o multiplique visitas oficiales es interpretado como una señal de alineamiento con una potencia adversaria. A ello se suma la dependencia española de tecnología y componentes chinos en sectores críticos como 5G, puertos, placas solares, baterías y datos digitales. Para EE.UU. esto supone vulnerabilidades dentro del territorio OTAN, y la respuesta habitual es inmediata: menos información compartida, menos acceso a reuniones de alto nivel y menor integración en la cooperación de inteligencia.

La Unión Europea, por su parte, teme que España se convierta en un eslabón débil de su estrategia de de-risking, cuyo objetivo es reducir riesgos con China sin romper relaciones. Cuando España se muestra más abierta que Alemania, Francia o Italia hacia Pekín, Bruselas interpreta que podría obstaculizar, aunque sea involuntariamente, la estrategia europea. El resultado es una pérdida de influencia: menos peso en negociaciones clave y un papel secundario en decisiones estratégicas.

Para la OTAN, la coherencia es esencial. Y España envía señales contradictorias: suavidad con China, ambigüedad con Rusia, dependencia tecnológica preocupante y acuerdos firmados sin coordinar con aliados. Esto genera desconfianza y lleva a que España sea sustituida por países considerados más firmes y fiables como Italia, Francia, Alemania o Polonia en decisiones críticas.

A ojos de Washington y Bruselas, España parece “fuera de alineamiento”. Observan qué líderes visita, con qué países se aproxima, qué acuerdos firma y qué silencios mantiene. Y la conclusión que extraen es que España critica poco a China, firma muchos acuerdos con Pekín, evita señalar violaciones de derechos humanos y busca su inversión de forma activa. En un mundo cada vez más dividido, esto se lee como un acercamiento a una potencia rival. Por eso España percibe ahora más frialdad en el Consejo Europeo, en los briefings (reuniones cortas para explicar un tema importante) de la OTAN y en los contactos con la Casa Blanca.

Por otra parte, China adapta su estrategia a cada región del mundo, pero siempre combina tres herramientas: poder económico, dependencia tecnológica-comercial e influencia política y cultural.

En África, actúa como su laboratorio de expansión: concede préstamos masivos para construir puertos, presas, carreteras o ferrocarriles; intercambia infraestructuras por materias primas; impone contratos favorables a empresas chinas; desplaza mano de obra propia y coopta élites políticas mediante viajes, becas y financiación. Su objetivo es asegurar recursos naturales, obtener lealtad diplomática y controlar puertos estratégicos.

En Hispanoamérica, compra empresas energéticas y minas de litio, cobre y petróleo; financia gobiernos a cambio de concesiones; despliega tecnologías de 5G y vigilancia (Huawei, ZTE) y firma acuerdos agrícolas. Su meta es reducir la influencia de Estados Unidos y garantizar alimentos y minerales esenciales para su industria.

En Europa, opera de manera más silenciosa y divisiva: compra infraestructuras críticas (puertos, energía, telecomunicaciones), participa en redes eléctricas y empresas tecnológicas, ejerce presión comercial selectiva y fomenta la dependencia industrial mediante exportaciones baratas. Su objetivo es ganar peso político, debilitar la cohesión de la UE y obtener tecnología europea.

En España, la entrada ha sido principalmente comercial y logística: compra empresas estratégicas en energía, telecomunicaciones e inmobiliario; invierte en puertos como Valencia, Barcelona y Algeciras; introduce tecnología a través de Huawei y ZTE; fomenta dependencia de productos chinos y expande influencia cultural mediante el Instituto Confucio y la presencia económica de ciudadanos chinos. Su meta es usar España como puerta logística hacia Europa, aliado interno en la UE y puente hacia Hispanoamérica.

En todos los continentes, el patrón es el mismo: China avanza de forma gradual, primero económica y luego políticamente. El proceso sigue una secuencia constante: entra mediante inversiones y préstamos, crea dependencia comercial o tecnológica, gana influencia política, asegura posiciones estratégicas y penetra en la sociedad a través de cultura, medios y élites académicas.

A su vez, la relación entre China y España presenta riesgos claros en varios frentes.El primero esla fuerte dependencia económica y de suministros. España importa de China entre cuatro y seis veces más de lo que exporta y, en sectores clave (componentes, maquinaria, productos químicos o equipamiento médico) la dependencia es “estratégica y crítica”, según el Real Instituto Elcano, mientras que exporta poco y con menor valor añadido que países como Alemania o Francia. Un corte de suministro podría paralizar industrias enteras y otorgar a Pekín una considerable capacidad de presión comercial.

Otro riesgo se encuentra en las infraestructuras estratégicas. China ha invertido en puertos como Bilbao y Valencia y ha adquirido activos energéticos relevantes, como la planta solar Mula en Murcia, una de las mayores de Europa. Aunque estas inversiones aportan capital y empleo, exponen a España a decisiones de empresas estatales chinas en sectores clave y plantean el dilema entre seguridad y dependencia a largo plazo.

El ámbito más sensible es el de tecnología, datos y ciberseguridad. Aunque España ha limitado a Huawei en el núcleo de sus redes 5G, mantiene contratos relevantes, incluido el reciente acuerdo del Ministerio del Interior para gestionar escuchas judiciales, que ha provocado advertencias de la Comisión Europea y preocupación en EE.UU. La legislación china obliga a sus empresas a entregar al Gobierno cualquier dato que solicite, lo que expone a España a riesgos en seguridad, justicia, defensa, economía y política. Aunque el Ejecutivo ha empezado a retirar equipos de alto riesgo en áreas sensibles, la vulnerabilidad persiste y puede tensar la relación con socios de la OTAN.

En el plano industrial, China avanza en sectores de futuro. La gigafactoría de baterías que CATL construirá junto a Stellantis en Zaragoza supone inversión y empleo, pero también puede generar dependencia tecnológica y competencia desleal, ya que la UE investiga subsidios chinos que podrían hundir a productores europeos con precios artificialmente bajos.

El mayor desafío es el riesgo político y geopolítico. España intenta equilibrar su relación con China con las exigencias de EE.UU., la UE y la OTAN, pero decisiones puntuales, como contratos tecnológicos sensibles o inversiones en infraestructuras estratégicas, pueden erosionar la confianza de sus aliados. En un contexto de rivalidad global, cualquier ambigüedad se interpreta como falta de alineamiento.

Por último, se plantean algunas recomendaciones estratégicas para España:

1. Mapear y reducir dependencias críticas

  • Identificar productos, componentes y tecnologías dependientes de China.
  • Reindustrializar sectores clave y diversificar hacia India, ASEAN, México y Europa.

2. Proteger infraestructuras estratégicas

  • Limitar la presencia de empresas estatales chinas en energía, transporte, datos y telecomunicaciones.
  • Revisar todos los contratos tecnológicos sensibles (5G, servidores, datos judiciales y de seguridad).

3. Alinear totalmente la ciberseguridad con la UE y la OTAN

  • Excluir proveedores de alto riesgo del núcleo tecnológico del Estado.
  • Reforzar la protección de datos críticos y comunicaciones sensibles.

4. Atraer inversión sin perder control nacional

  • Favorecer inversiones en sectores no estratégicos o con supervisión reforzada.
  • Incluir cláusulas de salvaguarda y revisiones periódicas en proyectos con empresas chinas.

5. Impulsar industria propia en sectores de futuro

  • Priorizar baterías, semiconductores, renovables, hidrógeno y defensa.
  • Incentivar la producción local y las alianzas industriales dentro de la UE.

6. Mantener una diplomacia equilibrada

  • Cooperar económicamente con China sin comprometer la confianza de aliados occidentales.
  • Evitar decisiones unilaterales que choquen con la UE o la OTAN.

7. Convertir España en un hub logístico mediterráneo bajo control europeo

  • Aprovechar la posición geográfica estratégica.
  • Garantizar que la gestión de puertos y plataformas logísticas permanezca bajo control europeo.

En conclusión, la relación entre España y China refleja los retos de un orden internacional cada vez más polarizado. China avanza mediante inversión, tecnología y generación de dependencias, mientras mantiene un modelo político incompatible con los valores y estructuras de las democracias occidentales. España, por su parte, ha incrementado su exposición en sectores sensibles y ha enviado señales políticas percibidas como ambiguas por sus socios de la UE, EE.UU. y la OTAN.

En este contexto, España debe actuar con claridad estratégica: reducir dependencias críticas, proteger infraestructuras clave, reforzar su industria tecnológica y alinearse plenamente con los estándares de seguridad europeos y atlánticos. Solo así podrá preservar su autonomía, recuperar confianza internacional y asegurar una posición estable en un entorno geopolítico en rápida transformación.

“En un escenario internacional cada vez más fragmentado, España debe actuar con claridad estratégica para preservar su autonomía, fortalecer la confianza de sus aliados y asegurar su lugar en el orden global del siglo XXI”.

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