VÍDEOBLOG #Miedodequé: Marranos sueltos: ¿En serio hay tanta gente que tira los chicles al suelo?, por Víctor J. Hernández Bru.
Que sí, que sí: que la ciudad estás sucia. Y el Ayuntamiento es la administración responsable de limpiarla. Aunque no estaría mal ver las causas por las que está sucia y, sobre todo, definir bien el término sucio, porque cada cual tendrá el listón más o menos alto. Pero vamos, que no estoy yo ahora leyendo (o escribiendo) estas líneas para discutir si hay o no suciedad y si hay o no margen de mejora en este aspecto.
Sinceramente, el motivo de abordar este tema hoy es que el pasado martes, concretamente, por las razones que sean, puse mi vista en un detalle en el que podría haberme fijado el día anterior, la semana previa, en el que me podría haber fijado el año pasado o en cualquiera de los 51 años que llevo viviendo en esta ciudad, con un paréntesis de cuatro para mis estudios: las aceras convertidas en trajes de flamenca.
¿Te has fijado tú, querido oyente/lector? Si no es así, no te culpo, puesto que, verdaderamente, es fácil no caer en la cuenta de ello. De hecho, ya en otra ocasión puse atención en el detalle, hace como tres años, pero incluso siendo consciente del tema, no me había vuelto a fijar hasta el otro día.
Pues sí, amigos, vivimos en una ciudad, yo diría que en una sociedad, en la que hay un porcentaje importante de conciudadanos que mastican chicle y, cuando se cansan de él, lo arrojan a la calle.
Me ocurrió en una esquina de la rotonda del Cable Inglés, en concreto en la que conforma ésta con la calle que va en dirección al Club de Mar. Pero, a raíz de ello, me he dado cuenta de que podría haberme ocurrido en cualquier otro punto de la ciudad. Toda la acera está salpicada de pequeñas manchas negras que son el resultado de que algún marrano indecente ha arrojado su puñetero chicle al suelo y posteriormente, el contacto con la atmósfera, la oxidación, las pisadas de quienes no caen en la cuenta del repugnante detalle y, en general, el paso del tiempo, provocan que el residuo masticable se convierta en una asquerosa mancha negra.
¿Cuántas había en el pequeño espacio, unos pocos metros, entre la puerta del supermercado que conforma esa esquina y el semáforo más cercano, en la Avenida Cabo de Gata? Pues no lo sé, aunque podría haberlos contado. Sin duda decenas, no sé si en esos escasos metros incluso cientos de manchas negras.
La anterior vez que me percaté de este detalle fue hace tres años. Yo estrenaba piso en Carretera Sierra Alhamilla. Para acceder a mi portal, acababan de construir una calle peatonal, absolutamente nueva, con su flamante enlosado colocado no más de tres meses antes. Transcurrido ese tiempo, también por casualidad, mirando al suelo, me di cuenta de la misma circunstancia: decenas, quizás cientos de manchas negras, inequívocamente resultado de antiguos fragmentos de goma de mascar, cuyos cerdos propietarios y consumidores habían arrojado al suelo al sentir ya el cansancio de sus encías.
Repito que esto no me vale como excusa para que se limpie más o menos, con más o menos entrega y minuciosidad en la ciudad, en ésta o en la que sea; pero es evidente que, conviviendo con este tipo de gentuza, con esta clase de indecentes cerdos, es absolutamente imposible aspirar a que Almería esté limpia.
No quiero terminar sin hacerme una pregunta, una pregunta que verdaderamente me atormenta: ¿qué hay que tener en la cabeza, qué clase de bárbaro, de cochino hay que ser, para terminar uno con su chicle y tirarlo al suelo? De verdad que hasta hoy no había caído en la cuenta de que vivimos junto a mucha gente que, por lo que se ve, considera ese comportamiento como algo normal.

