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 VÍDEOBLOG #Miedodequé: ‘Jenni’ y ‘Rubi’: dos culpables y al tiempo víctimas de una ley que se ríe de las mujeres que sufren abuso

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 VÍDEOBLOG #Miedodequé: ‘Jenni’ y ‘Rubi’: dos culpables y al tiempo víctimas de una ley que se ríe de las mujeres que sufren abuso, por Víctor J. Hernández Bru.

No tengo prácticamente nada bueno que decir de Luis Rubiales, afortunadamente ya ex presidente de la Federación Española de Fútbol. Tampoco de Jénnifer Hermoso, jugadora que ha saltado a la fama más por haber recibido un impresentable beso de éste, con campanadas de Nochevieja incluidas, que por sus méritos deportivos o de cualquier otro tipo.

En estos días, asistimos al show televisado del juicio que juzga unos hechos que son públicos y notorios, para los que no hacen falta testigos ni pruebas: los ha visto todo el mundo, primero en directo y más tarde repetidos una y mil veces.

Por si alguien todavía se atreve a interpretar los hechos, habrá que repasar que ambos se encontraron sobre el podio de la entrega de trofeos del Mundial de Fútbol Femenino (ahora parece que decir que es femenino es una ofensa, porque cuando es masculino no se dice; en fin, cosas del feminazismo), fundiéndose en un abrazo mutuo en el que la jugadora incluso levanta en peso al presidente, se abrazan con fuerza mutuamente, el presidente la besa en los labios y ella continúa su recorrido ante las autoridades riéndose.

Como he dicho ya en muchas ocasiones, el beso de Rubiales es tan impresentable como el resto de su carrera como dirigente. Yo no recuerdo mucho a Rubiales como futbolista. Fue un jugador de elite, de Primera División, pero mediocre, de los que no se piden los niños en el reparto de cromos en el patio del colegio. Uno más. Eso que en ciclismo llamaríamos un ‘gregario’.

Como dirigente, primero en la Asociación de Futbolistas y más tarde en la Federación, ha sido siempre un desastre, tal y como cabía esperar de un tipo zafio, sin apenas formación, sin más experiencia que la que fue adquiriendo en ambas organizaciones a pasos agigantados, haciéndose con la confianza de un colectivo necesitado de quienes digan a sus miembros lo que éstos quieren escuchar. Grosero, huérfano de la inteligencia más básica para estos casos, para estos niveles de gestión, Rubiales tenía que tener un final parecido. Aunque seguramente más justo.

Porque Rubiales ha abandonado el escenario en el que nunca debía haber estado, ha muerto para la gestión deportiva, víctima de una ley vergonzosa e injusta, una ley que afirma defender a las mujeres que sufren agresiones sexuales y, en realidad, se ríe de ellas. Jennifer Hermoso no ha sufrido ninguna agresión sexual. Como mucho, ha sufrido el comportamiento impresentable de un impresentable, que no digo yo que no haya de ser castigado. Sinceramente, me apetece mucho que se castigue, pero no como agresión sexual, que no lo ha sido.

En el beso de Rubiales, ese beso baboso y repugnante, ese acto de machito pasado de vueltas, no hay nada de sexo. Lo que hay es un tipo que no sabe estar. Ni siquiera el abuso de una posición de dominio, puesto que la escena evidencia que ambos eran cómplices de un momento chusco y barato.

A partir de ese momento, más de lo mismo: el uno, ensoberbecido y al mismo tiempo cobarde por lo que se le pudiera venir encima, presionando y haciendo ver que podía ejercer un peso que ya no tenía, se lo había dejado en el podio; ella, primero cachondeándose en el vestuario a grito y carcajada limpia, porque no había sufrido ningún trauma; y después, vistiéndose de víctima tras haber sido captadas por las redes del feminazismo para construir una historia que no había existido.

Si algo tiene esto de bueno, es que a ningún imbécil se le volverá a ocurrir besar a una mujer en un podio. Es posible que a una mujer, como tantas veces ha ocurrido, se le ocurra besar a un hombre sin pedirle permiso, porque de esto va el feminazismo, de que ellas sí pueden pero ellos no. Pero tan impresentable es lo uno como lo otro y, sobre todo, la ley, que convierte en abusadores a los impresentables, que equipara a quien utiliza la violencia en el ámbito sexual que a quien no sabe calcular lo que está bien y lo que está mal y da un beso en el lugar donde simplemente tocaba un saludo y un “enhorabuena, Jenni”.

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