VÍDEOBLOG #Miedodequé: Yo no celebro la muerte de Franco, por Víctor J. Hernández Bru.
Es absolutamente penoso, lamentable, inhumano, extemporáneo, ridículo, miserable y sobre todo es una manipulación absurda y repugnante, el hecho de que el gobierno de España se dedique a desviar la atención sobre sus propias miserias, miserias judiciales, miserias de gestión, miserias parlamentarias, montando una fiesta para celebrar que una persona murió hace medio siglo.
Es la primera vez en la historia que se celebra la muerte de una persona de manera institucional y gubernamental. Los rusos ni ningún otro pueblo que sufrieron las tropelías de Stalin no celebran el aniversario de su muerte, como los alemanes no hacen lo propio con la de Hitler, ni los italianos con Mussolini, ni por supuesto los chinos con Mao. Como en España no celebramos la muerte de gentuza miserable como Largo Caballero o Indalecio Prieto, La Pasionaria o Carrillo, Agustín González ‘El Campesino’ o Buenaventura Durruti.
Pero es que todo es miserable en este gobierno, que no nos ha explicado de dónde sale el dinero para esta fiesta que se ha montado para seguir manipulando a la población que se deja, para tratar de engañar al que quiera dejarse acerca de que la muerte de Franco supuso la llegada de la democracia, cuando aquella se produjo el 20 de noviembre de 1975 y la Constitución no se aprobó hasta el 6 de diciembre de 1978, más de tres años después.
Pero más allá de todo este sainete chusco, casposo y vomitivo, hace ya tiempo que ha llegado la hora de poner en valor la obra de Franco. Yo nunca seré un admirador de Franco, así en términos generales, porque fue un dictador, un tipo que fue jefe del Estado durante más de tres décadas y media, privando a la población de libertad, aunque esto de la libertad es muy discutible, puesto que durante el Franquismo sí se respetaron algunas libertades y, sin embargo, otras no se respetan ahora, como por ejemplo la del derecho a la presunción de inocencia de los hombres ante denuncias por violencia de género, por poner un ejemplo.
Pero más allá de que yo no voy a admirar nunca a un dictador, lo que sí puedo y debo hacer, porque soy un defensor de la verdad, es poner en valor la parte, la amplísima parte positiva de su obra, desde la creación de la Seguridad Social hasta la progresión de la economía durante su mandato, pasando por la seguridad ciudadana, el posicionamiento internacional del país, las obras públicas en especial las hídricas, el desarrollo de la cultura y de la cultura del esfuerzo y el mérito, la apertura y la dotación de estructuras orientadas al turismo, las políticas sociales, el desarrollo de las viviendas, la potenciación de la agricultura (que en Almería se vio reflejado en la creación de poblados de colonización y el desarrollo de los invernaderos) y, en general, la conversión de un país arruinado por la República y la Guerra en un estado próspero, moderno y lleno de oportunidades para sus ciudadanos.
Sinceramente, más allá de que Franco fue un dictador, lo cual me impide y me impedirá siempre admirarlo, ya quisiera Pedro I El Falso – Pedro Chapote dejar tras de sí un legado mínimamente siquiera parecido al de el del Generalísimo que, además, por supuesto, jamás celebró institucionalmente la muerte de ninguno de sus enemigos, ni siquiera de los que intentaron matarlo durante una guerra o incluso después de ésta.

