#ElMonoDesnudo: ‘De dudosos integrantes de listas’, por Gloria Pérez de Colosía
Recuerdo vívidamente mi primer contacto con el terrorismo. Tras la amnistía pactada en 1977, en 1986 ETA mató a 12 agentes de la Guardia Civil en la plaza de la Republica Dominicana, en Madrid. Yo vivía a tres manzanas de allí, tenía 14 años y muy poco criterio para entender cualquier argumento político que lo justificara.
En 1996, estudiaba en la facultad de Derecho de la Complutense cuando, un día de San Valentín, ETA asesinó al profesor y ex presidente del Tribunal Constitucional, D. Francisco Tomás y Valiente. Un etarra se había hecho pasar por un estudiante y había disparado tres veces a bocajarro contra el profesor. El asesinato de Tomás y Valiente encajaba con la estrategia etarra de aquel momento, que priorizaba el terror social.
Apenas unos días antes, había ejecutado al abogado socialista Fernando Múgica y mantenía secuestrado al funcionario de prisiones Ortega Lara. Sentí por primera vez que se generaba una verdadera reacción de repulsa. Probablemente fue mi propio contexto, el universitario, el que me hizo sentirlo así.
De aquello surgió el movimiento Manos Blancas.
Cuando al año siguiente, en Julio de 1997, ETA secuestró y asesino con dos tiros en la nuca a Miguel Ángel Blanco, yo vivía en Inglaterra y puedo recordar aquellas 48 horas con el corazón encogido, con una sensación de horror y parálisis y, los días posteriores, no dejé de contemplar, desde la distancia de otro país, las manifestaciones callejeras que en toda España se repetían, batiendo todos los récords que hasta entonces yo había visto.
El 20 de Octubre de 2011, cuando ETA anunció el cese definitivo de la actividad armada, conducía por el Malecón de Garrucha, con mis hijos, aún pequeños, en el asiento de atrás. Creo que de manera involuntaria, o quizá porque el coche de delante lo hizo también, frené en seco y, cuando mis hijos me preguntaron qué estaba pasando, les dije que estaban viviendo algo importante.
He de confesar que, ni en mi juventud ni en mi primera vida adulta, me ha interesado demasiado la política, salvo para mantener interminables y divertidísimas conversaciones adversas con mi padre, conversaciones que siempre ganaba, más que por estar documentada, por imaginativa y pesada. Y seguramente porque él me dejaba.
Con esto quiero decirles que, la política y sus efectos nunca me han atraído demasiado y, por tanto, no me veo capacitada en absoluto para analizar todo aquello que ocurrió con ETA. Ni tengo la dialéctica, ni el conocimiento suficiente.
Comprendo que es un tema con una trayectoria y problemática de histórica envergadura, y que hiere muchos sentimientos. Solo intento trasmitirles cómo yo sentí todas las etapas que viví, en mi exclusivo contexto de infancia, primera juventud y cierta madurez. Con estupor, sin entender que para conseguir objetivos políticos hubiera que matar. Nunca lo entendí. No lo entiendo. El 41% de aquellos asesinatos fueron civiles que no tenían nada que ver, como yo, con la política.
En estos días, y con bastantes años más, asisto casi con el mismo estupor, a ver cómo en las listas municipales de EH Bildu figuran nombres de 44 condenados por colaboración o pertenencia a ETA, 7 de ellos por asesinato.
Hay quien me ha dicho que olvido lo importante, que lo importante es que ETA desapareció hace 12 años como consecuencia de la victoria de la democracia sobre la violencia. Que la situación procesal de los exetarras les permite, sin ninguna duda, formar parte de una lista electoral, puesto que ya han cumplido su condena y el derecho de reinserción es tan valido como cualquier otro y, puesto que ya ajustaron sus cuentas con la ley, su presencia es, en realidad un éxito de la supremacía ética de la democracia parlamentaria.
Vox y el colectivo de víctimas de ETA, Dignidad y Justicia, han reclamado la ilegalización de la formación vasca por llevar exetarras en sus listas. Sánchez, desde los Estados Unidos de América ha dicho que “hay cosas que pueden ser legales, pero no son decentes, y esta es una de ellas”, y Feijoo le ha contestado que “lo indecente es que tú, Sánchez, pactes con ellos y sometas el futuro de España con ellos”.
No nos extrañamos ya de que cualquier tema, sea el que sea, sirva para atacar políticamente al otro, pero es obvio que la legalidad de las listas no extingue el debate en la calle, porque provoca un dolor directo en las víctimas y un rechazo general al resto de ciudadanos que, cuanto menos, sintieron la incertidumbre, el miedo y el dolor de aquellos años de forma parecida a la mía.
Piénsenlo ustedes, porque algo sí está claro y es que, según pasan los días, los bandos en España se hacen más extremos, defendiendo, unos y otros, posturas que empiezan a ser moralmente irreconciliables, aunque sean legalmente constitucionales.

