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Espectacular estreno de la Feria Taurina de Almería 2024, con nueve orejas y puerta grande para Roca Rey, Juan Ortega y un Ponce que recibió el cariño y la entrega de un público que lo considera ‘de su patrimonio’

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Espectacular estreno de la Feria Taurina de Almería 2024, con nueve orejas y puerta grande para Roca Rey, Juan Ortega y un Ponce que recibió el cariño y la entrega de un público que lo considera ‘de su patrimonio’. No hubo lleno en la Plaza de Almería, pero se quedó cerca el coso de la Avenida Vílchez, que había provocado ‘efecto reclamo’ con un monumental ‘cartelón’ con la consagrada y pujante figura de Andrés Roca Rey, el empuje hecho realidad de Juan Ortega y el anuncio de ‘última tarde’ para un Enrique Ponce que, obviamente, estaba llamado a ser protagonista y lo fue, en una tarde vivida en el PALCO DE WWW.ESRADIOALMERIA.COM con las magníficas meriendas de LA BEYOTA Y EL BUEY, patrocinador de las crónicas taurinas de la Feria de Almería en esta emisora.

La tarde se vistió de gala, con todo el cemento ocupado salvo un ‘hueco’ por el que penetraba el sol en el graderío y de los palcos colgaban los mantones que esperaban impacientes a que el ‘almeriense de adopción’ justificase el porqué de la expectación. En el ‘3’, mensaje premonitorio: «Ponce=dios».

Hubo ‘lluvia de orejas’, con dos para cada diestro en la primera ronda y menos ‘premiación’ en la segunda tanda, aunque no menos excelencia, acaso no premiada debido a una menor brillantez de los astados. Ponce cerro su ciclo vital en Almería con dos orejas en el primero y uno en el segundo, mismo balance que Roca Rey, mientras que Juan Ortega se conformó con las dos de su primer toro, puesto que al segundo fue imposible sacarle más que una fana aseada.

Los toros de El Parralejo dieron la talla salvo en el quinto de la tarde, aunque con más prestancia en los tres primeros que en los tres últimos, pero entre su actuación y la entrega y calidad de los toreros, la tarde salió prácticamente redonda y el público se marchó a casa, más que satisfecho, en entusiasmado en términos generales, al menos a juzgar por lo que se comentaba en los estrechos vericuetos que comunican el graderío taurino como el resto del mundo.

A Ponce habrá que hacerle un monumento al almeriensismo de adopción. No nació aquí sino en la valenciana Chiva, pero la vida le ha dado un segundo alumbramiento en la tierra del tomate y del Cabo de Gata y el diestro lo ha devuelto con corazón, entrega y casta. La faena del primero de la tarde, ayer, enlucido y artesano, terminó de colocar al público a sus pies, a base de pases por el derecho, buenos naturales y una estocada en su sitio. Dos orejas y ovación de gala con nutrido ‘regaleo’ en su vuelta al ruedo, tras la faena y después de haber compartido ovaciones con su cuadrilla. El segundo colaboró menos, pero Ponce sabía que estaba de salida y dio lo mejor de sí, se entregó, se tiró al toro y lo hizo suyo, esculpiéndole una faena que se recordará en Almería, premiada con una oreja que hubiera ido a más de encontrar mayor colaboración. La despedida fue apoteósica por parte de un público que no quería que aquello se acabara nunca.

Juan Ortega maravilló en su primero, toreando ‘despacito’ y bailando con su compañero de albero como si desde la grada lo que sonara fuera un tango. Arte, temple e imaginación que valió el premio de las dos orejas e incluso un intento del público para conseguir algo más. El quinto de la tarde, también suyo, fue el peor de la tarde, que apenas le proporcionó la oportunidad de ir más allá que la cobertura del expediente, eso sí, sin ningún lugar en el mismo.

Andrés Roca Rey coincidía en el cartel con la tarde de despedida del maestro Ponce y el limeño no quiso ser comparsa sino protagonista y admirador del de Chiva, con dos faenas que son el mejor testimonio de por qué encabeza carteles, llana plazas y pone puntos sobre las ‘íes’ del escalafón. El primero por su parte, tercero de la tarde, volvió a ser una exhibición de clase, de arte y de valentía imaginativa, que obtuvo el premio de dejar al astado sin orejas. El segundo, menos colaborativo, le brindó la oportunidad de demostrar que es torero para lo bueno y para lo malo, exprimiéndole una faena meritoria que hizo disfrutar donde se auguraba lo peor, para llevarse una oreja.

Al final, vuelta de honor y Puerta Grande a hombros para los tres, en una noche que ha quedado ya para historia, por supuesto que por la calidad del espectáculo, sino porque será la última en la que el maestro Enrique Ponce se sacuda el albero de las manoletinas.

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