#ElMonoDesnudo: DE SUBSIDIOS Y TORRENTES, por Gloria Pérez de Colosía
Hay algo profundamente revelador en la evolución reciente de las políticas sociales en España. Uno diría que el sistema está diseñado para ayudar a quien lo necesita —y debería ser así—, pero la realidad empieza a dibujar un escenario algo más diferente: cada vez resulta menos evidente que trabajar compense.
Desde la reforma de 2024, el subsidio de desempleo se encadena con el llamado ingreso mínimo vital, lo que significa que el sistema, con los requisitos pertinentes, faltaría más, cuando se acaba el paro te conecta automáticamente con la siguiente ayuda, creando una red continua que, sobre el papel, protege, pero en la práctica plantea una pregunta incómoda: ¿dónde está el incentivo para salir del desempleo? ¿O, casi mejor dicho, para salir de casa a buscar el empleo?
No es una cuestión ideológica, es una cuestión práctica, porque si el sistema ya no tiene saltos en la paga mensual, nos podemos evitar esa incómoda urgencia de tener que trabajar y, hay quien, echando cuentas, decide que quedarse en casa no es tan mala idea.
No se trata de acusar a nadie, sino de señalar una inquietante evidencia y es que, pudiera ser, que el sistema no esté diferenciando con claridad entre quién trabaja y quién no, y esta idea puede llegar a ser bastante perturbadora para quien madruga, cotiza y paga impuestos, dejándole una creciente sensación de que, en términos puramente económicos, trabajar es hacer un poco el tonto.
Y entonces llega Torrente Presidente y, además de carcajadas que podrán ser o no defendidas y/o compartidas, Santiago Segura nos pone delante un espejo, no solo con un subsidio por desempleo que ya no se destruye sino que se transforma, sino con una política corrupta, toda ella, se mire donde se mire, y una asunción de esa cultura de la censura que es la ideología Woke y la agenda 2030, que llega a convertir en absurdas nuestras escenas cotidianas.
Una radiografía de una sociedad que se ha acostumbrado a vivir del sistema mientras critica a los demás.
Y sin pedir permiso, con la sátira, el atrevimiento y la certeza de que es el momento, Santiago Segura nos muestra cómo toleramos el disparate y cómo las instituciones y los incentivos económicos han creado comportamientos colectivos que alcanzan ya un alto grado de obscenidad, que ni siquiera el humor disfraza.
Tenía, he de confesárselo, mucha curiosidad por ver como Santiago Segura transformaba aquel personaje, machista, fascista, putero, alcohólico, racista y del Atleti, que era lo único que le salvaba, y lo adaptaba a estos tiempos, en los que ninguno de esos atributos son ya hábitos aceptables.
No lo hace. Ni transforma, como el paro al ingreso mínimo vital, ni adapta. Y eso es, para mí, lo interesante y lo inteligente. Torrente se alía con la derecha, pero para apretarla con más fuerza que a la izquierda y terminar haciendo una caricatura de ella, y evidencia todo el exceso de lo que ahora es “correcto” de forma que, a quienes además de las carcajadas nos gusta mirar más allá, salimos del cine con la reflexión de todo lo que se hacía mal y cuánto era necesario avanzar, al tiempo que tomamos más conciencia aún de la vuelta de tuerca que todo esto supone. “Del Woke a la venganza” escribí una vez, quizá lo leyeran y recuerden.
Ciertamente Torrente está intacto, es el mismo que conocimos hace años, metido en medio de nuestra moderna sociedad como un caballo de Troya. Puede parecer un entretenimiento, una comedia, pero en realidad no lo es.
Torrente, Santiago Segura, se mueve dentro de nosotros señalando cada absurdo, cada exceso de lo correcto, cada comodidad mal ganada, cada desidia silenciosa. Nuestros vicios, nuestra pasividad, criticando siempre desde la grada.
Torrente no solo hace reír; nos boicotea desde dentro, recordándonos que somos capaces de normalizar lo absurdo y de justificar lo injustificable, mientras aplaudimos sin enterarnos.

