🪶 #Geopolítica: EEUU e Israel atacan Irán, por Carlos Hugo Fernández-Roca
Bienvenidos a Geopolítica con Carlos Hugo Fernández-Roca. Hoy vamos a analizar el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán del 28 de febrero y las consecuencias estratégicas que ya están reconfigurando Oriente Próximo.
No estamos ante un intercambio más en la larga sombra de la confrontación entre Washington, Tel Aviv y Teherán. Estamos ante un salto cualitativo.
Durante meses, el MOSSAD y la CIA rastrearon discretamente al líder supremo iraní, Ali Jamenei. No se trataba de vigilancia rutinaria, sino de la construcción sistemática de un patrón: desplazamientos, rutinas, protocolos de seguridad, entornos de confianza. El objetivo era detectar una vulnerabilidad operativa real.
La oportunidad surgió un sábado por la mañana. La inteligencia detectó una reunión inusual de la cúpula del régimen en un complejo del centro de Teherán. La presencia de Jamenei estaba confirmada. La ventana era estrecha y los planes se recalibraron. Lo que inicialmente estaba previsto como un ataque nocturno evolucionó hacia un golpe diurno de precisión, orientado a maximizar la probabilidad de neutralizar simultáneamente a la élite dirigente.
El complejo fue atacado. Jamenei murió junto al ministro de Defensa y al comandante jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica. El impacto no fue solo militar; fue estructural. Se golpeó el centro de gravedad político, religioso y militar del sistema.
Sin embargo, la eliminación del líder supremo no implica automáticamente el colapso del régimen. La República Islámica está diseñada para sobrevivir a la pérdida de figuras políticas y militares. Ochenta y ocho clérigos de la Asamblea de Expertos deberán designar al nuevo líder. El sistema puede recomponerse, incluso endurecerse. La historia demuestra que los regímenes bajo presión externa tienden a cerrar filas.
La respuesta iraní confirma que Teherán interpreta el ataque como existencial. La contraofensiva no se ha limitado a Israel ni a activos estadounidenses. Irán ha lanzado misiles y drones contra múltiples Estados del Golfo Pérsico -Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y otros- y ha alcanzado incluso una base británica en Chipre.
Este es el elemento clave: la regionalización. Al ampliar el teatro de operaciones y atacar a once países del entorno del Golfo, Irán asume un riesgo estratégico enorme, porque puede consolidar una coalición regional más amplia en su contra. Pero desde su lógica de supervivencia, expandir el conflicto puede ser racional: si la guerra afecta al corazón energético mundial, la presión internacional para detener la ofensiva aumenta.
Israel ha activado su arquitectura defensiva multicapa; Estados Unidos refuerza su presencia; las bases occidentales elevan su nivel de alerta. En un escenario de saturación simultánea, ningún sistema es infinito.
El horizonte más probable apunta a una fase de alta intensidad de cuatro o cinco semanas. Un ciclo concentrado de ataques y contraataques donde cada actor intentará redefinir la disuasión antes de que la diplomacia imponga límites. Pero si el objetivo estratégico es forzar una transformación interna del poder en Teherán, la dinámica puede escalar aún más. Donald Trump ya ha advertido que no descarta poner botas sobre el terreno para propiciar el cambio de régimen.
Cuando un conflicto se percibe como una cuestión de supervivencia, el cálculo estratégico cambia. No se trata solo de evitar costes, sino de impedir la derrota. Y en ese marco, la expansión deja de ser un accidente y se convierte en una consecuencia estructural.
Lo que está en juego no es únicamente una represalia, sino el equilibrio de poder en Oriente Próximo y, por extensión, la estabilidad energética y estratégica mundial.
Soy Carlos Hugo Fernández-Roca. Hasta aquí este análisis. Continuaremos explorando juntos los grandes movimientos del tablero internacional en el siguiente episodio.

