VÍDEOBLOG #Miedodequé: Estimado señor obispo… a mí también me duele en el alma…, por Víctor J. Hernández Bru.
De los religiosos en general y de los obispos en particular, tengo la opinión de que son gentes muy cultas, reflexivas y con buenos sentimientos en general. Del obispo de Almería, monseñor Antonio Gómez Cantero, al que no conozco en profundidad, pero con el que he coincidido cuatro o cinco veces, una de ellas en #ElChéster de Es Radio Almería, tengo la sensación de que es un tipo interesante, agradable y bondadoso.
En mis manos ha caído una carta que don Antonio ha publicado en un portal web llamado Vida Nueva Digital. La sección se denomina ‘Bajo el signo de Emaús’ y el artículo se titula ‘Me duele en el alma’, y sí, he de reconocer que, leyéndolo, he sentido cierto dolor en el alma, al reconocer en las palabras de monseñor altas dosis de desconocimiento sobre lo que habla, informaciones lastimosamente imprecisas y ciertos ribetes de odio o, al menos, rencor hacia algunos de los que no sólo no pensamos como él, sino que en este asunto lo hacemos de manera rotundamente opuesta.
Afirma monseñor que la Conferencia Episcopal está a favor de la regularización de “emigrantes”, confundiendo el término, puesto esa figura, en el país de destino, se denomina ‘inmigrantes’, a los cuales el gobierno local en cuestión puede o no regularizar. Al emigrante, es el país de destino el que ha de abordar tal cuestión, no el de origen, que es donde se denominan ‘emigrantes’.
Y añade que la mayoría de ellos tienen un “trabajo no suficientemente remunerado”, ya que “no puede exigir, no tiene papeles, pero trabaja y mucho”. Además, describe que ellos “cuidan de nuestros ancianos” y que es “difícil que es encontrar albañiles en los pueblos, que escasea la mano de obra en las constructoras, camareros en los restaurantes y bares, que muchas familias y personas solteras tienen una empleada de hogar extranjera, que las grandes zonas de invernaderos están llenas de extranjeros… y los recolectores, los recogedores de basura, la limpieza de cloacas… Están entre nosotros, pero son invisibles; sostienen nuestra economía, pero les despreciamos, algunos con insultos xenófobos y otros con la indiferencia y el menosprecio. Pero mira a tu alrededor y verás distintos colores de piel, idiomas y acentos. Y más dentro de nuestras iglesias”.
El párrafo podría estar firmado por Carlos Marx, por Pablo Iglesias, por Irene Montero o por el responsable de turno del Sindicato de Obreros del Campo, por su falta de rigor, su invención de situaciones, generalización injusta y, sobre todo, por la falta de respeto a quienes nos partimos el lomo todos los días por generar valor y empleo, entre otras cosas, para que la economía ésa que él atribuye a los inmigrantes funcione y para que el Estado, sus integrantes o parte de ellos puedan sostener instituciones como la Iglesia.
Sinceramente, monseñor, le han engañado. Nuestra economía la sostienen fundamentalmente los trabajadores autónomos y después las empresas, los que trabajamos 12 ó 15 horas y no tenemos derecho por ejemplo a vacaciones pagadas o a un horario de ocho, siete o media hora, como le gusta a la ministra de Trabajo que quiere abolir el trabajo. Los inmigrantes son importantes por supuesto, como todos los actores de nuestra sociedad, incluyendo los curas, que también hacen una labor excepcional. Al menos eso pienso yo.
Pero más allá del desconocimiento soberano de los entresijos de nuestra economía, o su inclinación por comprar los discursos más manipulativos y demagógicos, los de la extrema izquierda, que es todo lo que queda de la izquierda en este país, me preocupa la falta de conocimiento de don Antonio acerca del fenómeno migratorio.
Cuando conocemos los casos personales de cualquier inmigrante, todas las personas normales nos sentimos conmovidos, a todos nos parece que el mundo debería ser más justo. Es más, yo soy de los que piensan que hay que hacer algo para que lo sea. Pero desde luego ese ‘algo’ no es provocar un cataclismo migratorio y demográfico, como sería el hecho de que los millones de ciudadanos de África que necesitan un cambio a mejor decidieran venir a Europa. Eso, señor obispo, sería sinónimo de que ellos no mejorarían su situación y nosotros la empeoraríamos hasta la ruina.
En todo caso, querido obispo, usted no comprende ni ama a los inmigrantes más que yo. Como mucho lo mismo que yo. Y sí, yo creo que el que lleguen inmigrantes a nuestro país, a nuestro continente, es algo tan justo como imprescindible. Sin embargo, la diferencia es que usted aboga por el desorden, la anarquía, la falta de rigor y legalidad y yo, como tantos otros miembros de nuestra Iglesia, pensamos que es absolutamente necesario dotar de orden a ese proceso, de una legalidad, de unas fronteras, de un conocimiento de quiénes son los que van a venir y para qué van a venir y, sobre todo, de un límite, para no provocar caos migratorios, desórdenes y guetos delincuenciales como ya hay en otros puntos de Europa.
Habla usted de la emigración española a Alemania hace décadas y vuelvo a sorprenderme de su desconocimiento: esa emigración era justo tal y como muchos la reclamamos ahora, ordenada y legal, nunca ilegal. Y también de los misioneros que viajan a África, en una comparación, me perdonará usted, monseñor, que no se le ocurre ni al que asó la manteca, puesto que no hay ni un solo misionero que no lo haga con la intención de ayudar a los nativos, mientras que los que cruzan ilegalmente una frontera no sabemos para qué vienen, pero lo que sí sabemos es que no vienen a ayudar a nadie.
Dice usted, señor obispo, que “entre estas personas, me duele en el alma que haya también sacerdotes que despotriquen en sus redes sin sensibilidad ni misericordia”. A mí me duele en la mía, que también la tengo, al ver a un ministro de Dios adherirse a discursos populistas de la extrema izquierda, que tan sólo nos conducen al caos, al aumento de la delincuencia, al desorden y a la miseria que sufre, en primer lugar, los propios inmigrantes que vienen a Europa sin un futuro, sin un trabajo, sin un plan y sin ningún recurso. Me duele, querido obispo, esta exhibición de populismo, de errónea descripción de la realidad y de puerilidad a la hora de afrontar un problema tan grave y complejo como la situación migratoria del siglo XXI.

