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BLOG #Confinados, pero no arrinconados: “La puntita nada más”

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BLOG #Confinados, pero no arrinconados: “La puntita nada más”, por Antonio Felipe Rubio.

Para el periodo de instrucción, la suerte me agració con Ferral del Bernesga (León). Un lugar de naturaleza desbordante y una climatología que, aunque más bonancible que la que me aguardaba en Valladolid (San Quintín 32, jamás pensé en tan gélida humedad), me permitió disfrutar de la primera vez veía nevar a finales de verano. Era una de las múltiples nevadas llamadas “históricas”: medio metro en el Campo de Tiro.

El primer fin de semana de permiso, los propios del lugar animaron a “bajar a los chigres a tomar unos culines”. Evidentemente, no sabía lo que eran los chigres (lugares de venta y degustación de sidra típicos de la vecina Asturias), pero lo que me puso en alerta, sobre todo en lo que afecta a la retaguardia, era eso de los “culines”. Una vez aclarado el concepto, supe que se trataba del escancie de una sidra caliente y turbia que ligeramente superaba el fondo de un vaso ancho y de paredes finas. O sea, para cualquier sureño, lo que se dice un culiyo de sidra.

Una vez conocí al colega cabo primera de Cigales, Jesús Botín, deduje que había otro mundo al margen del vino de Albondón que mi padre degustaba en el almuerzo o de “eso” que nos ponían en el Uno y el Dos. Más tarde, supe que el vino del amigo Botín no era otra cosa que un Vega Sicilia que cosechaba su tío en una bodega de la Ribera del Duero. Excuso decir que, con perdón, le dieron por ahí a los culines en favor de mi indeclinable elección por los caldos del Duero.

La atropellada expresividad del consejero de Salud de la Junta respecto del “culiyo” en las jeringuillas podría expresarse en clave ingeniería neumática: “El actuador lineal del émbolo que discurre por el cilindro, al llegar al final del trayecto de dicho actuador, encuentra una cavidad de desarrollo cónico discrepante con el diámetro del pistón del vástago actuador, quedando un espacio exento que deja al fluido sin presión suficiente para consumar un recorrido total del líquido que habría de salir por el conducto hipodérmico”. En definitiva, se deduce que queda una pequeña porción en la jeringuilla sin poder usarse. O dicho de otra manera -esta sí se entiende-, que queda un culiyo desaprovechado que, con otro tipo de jeringuillas, podría sumar para administrar otra dosis. La diferencia de ambas explicaciones estriba en la sencillez y capacidad de comunicar a todos o una élite de enteraos.

Acostumbrados a la gilipollez del discurso políticamente correcto: Nueva normalidad, desescalada, cogobernanza… que venga un buen médico, aunque candidato a unas sesiones de logopedia, -además, andaluz y del PP- a pronunciar el chascarrillo del culiyo, no puede ser otra cosa que fruto de la “incultura” del nuevo gobierno que dejó atrás las acuñaciones dialécticas progresistas: Andalucía de Lujo, Andalucía 3.0, Andalucía Imparable…

Pero la realidad, tozuda y vengativa, ha hecho del culiyo pandémico una de las perspectivas más sombrías para el “amanecer” de la batalla contra el virus: el orto.

China acaba de descubrir que el PCR más eficaz es el que se practica introduciendo la toronda en el ano. Meter el bastoncillo en la cavidad nasofaríngea puede no encontrar el virus, pero sí estará en la cavidad anal si el examinado es positivo. Para la fisiología más oriental no es problema esta prospección dada su natural morfología; como diría el consejero, “de culo resbalao”. Otra cosa es “entrar” en las profundidades de los vecinos nipones aficionados al sumo. Y excuso decir que esta práctica (¿cómo se pone Wenceslao?) obliga al acto reflejo de cerrar y estirar los ojos: otra faceta de la temida napoleónica “amenaza amarilla”. En cualquier caso, es de esperar que la práctica generalizada de convertir el orto anatómico en el antónimo de la dignidad para prospectores y prospectados nos conduzca al ocaso de la civilización. Y no es ningún esfuerzo para un gobierno que lleva al país de puto culo.

El “culiyo” se ha vengado. A ver ahora cómo explica esto el tal Simón. Podría aportar algunas sugerencias, quizá sicalípticas, pero me inclino por volver a la mili -cosas de la edad- y recordar la lírica entonada por el batallón en aquella versión libre del Tenorio: “La puntita nada más”.

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