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HISTORIAS DE ALMERÍA por Víctor J. Hernández Bru: «Fernández Aramburu y la Red Hataca en la guerra»

HISTORIAS DE ALMERÍA por Víctor J. Hernández Bru Fernández

Relevó a Carmen Góngora al mando de la ‘Quinta Columna’ a la detención de ésta y terminó la guerra detenido y torturado, sin llegar a ser ejecutado.

HISTORIAS DE ALMERÍA, por Víctor J. Hernández Bru: «Fernández Aramburu y la Red Hataca en la guerra». 

PUBLICADO en DIARIO IDEAL por Víctor J. Hernández Bru el domingo 9 de agost de 2020. 

La pasada semana, esta página sobre historia de Almería hablaba de la figura de Carmen Góngora, fundadora del sindicato La Aguja y, con ella, de la Red Hataca, dedicada a ayudar a almerienses partidarios del bando nacional durante la guerra civil en la Almería republicana.

Hoy es el turno de Manuel Fernández Aramburu León, fundador de la mencionada Red Hataca junto con Góngora, cuando muchos almerienses tenían que refugiarse en los más insospechados lugares, ante la amenaza de correr la misma ‘suerte’ que otros que terminaron ante un pelotón de fusilamiento, sin juicio previo ni ningún tipo de garantía procesal.

Los religiosos fueron el ‘nicho’ en el que trabajó con mayor ahínco Fernández Aramburu, amén de diferentes personalidades que, por su significación política de derechas, figuraban en la lista de perseguidos tanto por parte de las autoridades republicanas como de las organizaciones sindicales y obreras que, en algunas fases de la contienda, habían ocupado el poder en la ciudad y en partes de la provincia.

En realidad, Fernández Aramburu impulsó la Red Hataca de manera formal justo unos días después de la detención de Carmen Góngora, tomando su relevo a la hora de llevar a cabo acciones de espaldas a las mencionadas autoridades, a fin de preservar la seguridad de esos ciudadanos que permanecían escondidos.

Depurado por ‘fascista’

Nacido en Barcelona y criado en Sevilla, con 27 años Manuel Fernández Aramburu se lanzó a ocupar el hueco de su predecesora, tras haber trabajado en la delegación de Hacienda en la provincia de Almería hasta días después de haberse declarado la Guerra Civil.

En el verano del 36, ya en plena guerra, fue ‘depurado’ en Hacienda al recibir la acusación de mantener posiciones fascistas y poco después entabló relación con Carmen Góngora, convirtiéndose en una de las piezas angulares sobre las que descansaban las actividades protectoras de ésta, aunque desde una posición de retaguardia, tras ella.

La detención de ésta, en el verano del 38, le hizo dar un paso adelante, convirtiéndose en el auténtico líder de la ‘Quinta Columna’, entre otras cosas porque, a esas alturas, la contienda estaba claramente del lado franquista y era importante tratar de preservar el cautiverio de sus compañeros de ideología, que caer en manos de los republicanos correrían un grave peligro.

Así, Manuel tendió líneas de relación tanto con otros miembros de la ‘Quinta Columna’ en la base naval de Cartagena y con el centro de operaciones del espionaje franquista en el sur de España, que se encontraba en la localidad granadina de Lanjarón, pero para mantenerlas activas encontró numerosas dificultades.

En su labor, contó con colaboradores muy bien situados en a lo largo de toda provincia, como el funcionario de Telégrafos, José Giménez; el funcionario de Contabilidad, Manuel Rodríguez; el empleado de Hacienda y ex compañero suyo, Antonio Ferragut; o el ingeniero agrónomo y funcionario, Manuel Mendizábal.

Rodríguez Aramburu volcó, con el tiempo, su actividad en actividades de espionaje y traslado de información a las fuerzas nacionales, sin olvidar las labores de ayuda a los almerienses escondidos y perseguidos por el republicanismo. Incluso se habla de que, antes de la detención de Góngora, llegaron a discrepar en cuanto a la forma de enfocar las actividades ‘quintacolumnistas’, aunque hay testimonios que apuntan a que Fernández convenció a la líder del Sindicato de la Aguja de reforzar esas actividades de espionaje.

Cuatro meses antes del final de la guerra, fue capturado y llevado al cortijo de los Fisher, donde fue sometido a todo tipo de torturas, con golpes de toda índole e incluso simulaciones de fusilamientos.

Posteriormente, fue trasladado a Baza y condenado a muerte, aunque el final de la guerra evitó que dicha condena fuera llevada a cabo. Compañeros de cautiverio relataron auténticas barbaridades en cuanto al trato recibido por Rodríguez Aramburu durante esos meses, que sin duda fue con el que más se ensañaron los integrantes de los servicios secretos republicanos en Almería y Granada.

Al contrario, al concluir la contienda dio la medida de su magnanimidad, declarando en favor de algún colaborador que había sido acusado de ‘agente doble’ y del que quedó demostrado que le había traicionado en alguna ocasión.

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